La evaluación del gobernador Nacho Peralta

La semana pasada fueron ampliamente difundidos los resultados que, como cada mes, ofrece la empresa Caudae/El Heraldo de México con respecto al desempeño de los gobernadores del país, en varios rubros. Como ha sido costumbre desde que la empresa Caudae/ El Heraldo de México publica esta encuesta, el gobernador de nuestra entidad salió reprobado en tres rubros (honestidad, capacidad e integridad), ocupando los lugares 30, 31 y 32, respectivamente. Como puede verse, en el rubro integridad ocupa el último lugar a nivel nacional, pero no menos importantes son los otros dos lugares, honestidad y capacidad, en donde el mandatario estatal queda también pésimamente mal parado. Si bien esta encuesta podría mirarse con una ceja levantada (es una entre las muchas que se realizan en el país, ésta con una aplicación a más de doce mil personas vía telefónica), la constante aparición en los últimos lugares del Ejecutivo estatal debería, por lo menos, llamar a reflexión tanto al mandatario como a los integrantes de su gabinete, al menos considerando una sencilla razón: el objetivo de permanecer en el poder de un grupo político y, por extensión, de un partido (el PRI) que se encuentra en estado de coma inducida en nuestra entidad y que, si la tendencia sigue como hasta ahora, será muy improbable que despierte para las elecciones de 2021. Yo veo, sin embargo, sobre estos resultados del gobernador de nuestro Estado un síntoma y varias causas (por lo menos tres) sobre las que sería importante reflexionar: el síntoma es la tendencia, desde hace ya bastantes años, de odio al priismo nacional, que durante todos sus años en el poder causó estragos terribles a la sociedad mexicana, muchos de los cuales todavía padecemos ahora. Este síntoma lo evidenció el contundente triunfo de López Obrador en las pasadas elecciones, mismo que debería ser leído, sí, como el triunfo de un líder carismático (con todos los perjuicios que esto puede conllevar), pero también debe ser leído a la inversa: como la evidencia real del tamaño del odio y la ira que sentía la población contra el PRI (tomando el PAN lo que le corresponda). Las causas, por su parte, que devendrían de este gran síntoma son, desde mi punto de vista, las siguientes: por un lado, el pésimo gobierno de Peña Nieto, envuelto en corrupción e impunidad, que afectó por igual a toda la marca priista y a todos los que estaban vinculados a ella; por otro lado, ya a nivel local, la falta de legitimidad con la que llegó al poder el gobernador Nacho Peralta, cosa que la sociedad no parece todavía perdonarle, así como lo muy poco que ha hecho realmente para revertir esta dura percepción, pues lo que más lastima a la población es esta idea de que es indiferente a lo que le pase (y en eso han tenido que ver mucho sus ausencias, reales o no tanto), además de una especie de parálisis cerebral en muchas de sus secretarías, movidas en zigzagueo nada más por la inercia. Por último, señalo un ámbito que pocos han destacado y que me parece no menos crucial: la forma en que esta administración se ensañó con la anterior (la de Mario Anguiano). Sigo convencido de que no fue la mejor decisión haberse engarzado entre priistas en una guerra sin cuartel en la que, finalmente, salieron perdiendo todos, pues las acusaciones de corrupción que emprendió la actual administración contra la de Mario Anguiano no hizo sino recrudecer el desprestigio de la marca priista en general, resultando más perjudicado el propio mandatario actual, como lo prueban las diferentes encuestas que se han hecho sobre su administración desde que llegó al poder. Al final del día, la población debió haber dejado caer la consabida sentencia: todos son iguales. Este síntoma y estos tres factores han sido cruciales para poner al PRI local (y, por qué no, al nacional también) en una dura encrucijada para el 2021. El PRI no tiene a la vista cuadros limpios. Mal hace el que crea que la evaluación del gobernador Nacho Peralta como una persona no íntegra, no capaz y no honesta le afectará sólo al gobernador y no al resto de los priistas y del priismo local. Yo estoy seguro que si se les evaluara a todos los priistas locales con el mismo criterio que al gobernador, se sorprenderían de los resultados, y esto es porque, en estos casos, la parte afecta al todo. O, mejor dicho, la parte contiene al todo. Por eso, si el PRI quiere realmente dar la batalla en el 2021 lo que deben hacer todos sus militantes es trabajar de manera conjunta para ver cómo pueden revertir esta percepción que tiene la sociedad de su máximo líder local, de otra forma lo mejor será ir cogiendo sus maletas para irse a otra parte, porque aquí no parece que tendrán, ya, nada que hacer.

 

 

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