Carrera por la felicidad

Muchos estudiantes nuevos llegaran a nuestra casa de estudios el próximo lunes, los que ingresarán por primera vez al bachillerato y los que, por primera vez, iniciarán una carrera profesional. Sobre estos últimos centraré algunas reflexiones, pues es en esa etapa donde se termina de definir el destino, o de perder, según el rumbo que cada quien tome. Como siempre, he revisado las listas de aceptados a las diferentes carreras que oferta nuestra institución y he visto, como siempre, que algunas de ellas están sobredemandadas (como Derecho o Medicina), mientras que otras (como Filosofía o las carreras relacionadas con el arte) están infrademandas. Todavía pervive la idea de que unas carreras son mejores que otras: más importantes, más necesarias para la sociedad, mejor remuneradas, más demandadas, etcétera. Pocos o nadie en realidad piensan en un hecho crucial: la felicidad que nos daría llevarlas a cabo, hecho crucial para nuestro bienestar personal. Cuando yo era joven (y de eso hace ya bastante, o no tanto, según se le vea) quería ser lo que ahora soy: escritor. No quería ser otra cosa más que escritor. Bueno, sí, también quería ser cantante, pero creo que lo que más quería era ser escritor. Sin embargo, no obstante yo demostraba todas las aptitudes y la predisposición para ser escritor, algunos miembros de mi familia se empeñaron en el sobado y consabido argumento de que de escritor me moriría de hambre y debía estudiar una carrera de verdad (el “de verdad” lo ponían siempre entrecomillado), por lo tanto: yo debía estudiar Derecho. Como algunos escritores que admiraba habían estudiado Derecho (algunos con mayor fortuna que otros), la idea no me desagradó del todo, de manera que estudié Derecho. No podría decir que fueron cinco años desperdiciados porque fue ahí, en las aulas de la Facultad de Derecho, donde conocí a la mujer con la que, desde entonces, sigo viviendo ahora, pero fuera de ahí creo que sí podría haber prescindido de cinco angustiantes años de ir y venir a la Facultad de Derecho a aprender, en un número significativo de casos, materias que sólo me daban, por decir lo menos sueño. Para ir al grano: si volviera a nacer sólo estudiaría otra vez Derecho si me asegurarán que Blanca, mi mujer, sería de nuevo mi compañera. Si no, no. En fin, todo este regodeo es para decirles a los estudiantes que me leen (en el caso que despistadamente hayan tomado este ejemplar de El Comentario) que si la carrera que eligieron no es la que realmente les gusta y han entrado en ella porque creen que les dará mucho dinero, entonces no pierdan su tiempo y pongan pies en polvorosa. Y si están en la carrera que están porque no sabían bien a bien todavía lo que les gustaba, pongan también pies en polvorosa, tómense un año sabático, dejen las redes sociales y pónganse a reflexionar en serio sobre lo que sí les guste de verdad. Elegir una carrera no es elegir una camiseta o unos zapatos, es algo mucho más grande que eso, es como elegir un amigo, una esposa o, incluso, un trabajo. No le tengan miedo a las carreras que no son socialmente atractivas (filosofía, artes, psicología incluso), porque nada tiene que ver el dinero o el éxito personal con la felicidad, la felicidad es un asunto que se cuece aparte, tan es así que si no me hubiera encontrado con esa muchacha hermosa en la Facultad de Derecho que hoy es mi mujer, cosa que me trajo la felicidad que la clase de Derecho Procesal Civil o Derecho Penal nunca me trajo, seguramente habría abandonado la carrera en el primer año.

 

 

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