Adiós al PRD

Las elecciones pasadas renovaron completamente, ya lo vimos, el panorama político del estado. El PAN pasó a ser primera fuerza (la gubernatura sigue en disputa) y el PRI, segunda (con lo cual su reorganización se hace impostergable). Sin embargo, una de las mayores mermas dejadas por estas elecciones no fue la pérdida de registro de Morena en Colima, partido que parecía ser la esperanza de la izquierda nacional, sino los funerales del PRD, histórica fuerza política que, en sus mejores momentos, estuvo a punto de obtener la Presidencia de la República. La degradación de este instituto político a nivel nacional podría incluso contarse gráficamente, porque toda ella es una caída estrepitosa. Lo mismo lo ha sido en Colima. Se quiera o no aceptar, al PRD local no lo hundió su divisionismo interno (izquierdas que parecían atender más a intereses personales que a ideológicos), sino el secuestro que de este partido hicieron Arnoldo Vizcaíno y su hija Indira, quienes confundieron proyecto político con empresa familiar. Ha llegado a tanto el delirio de Arnoldo Vizcaíno que, en su columna para Diario de Colima, no se limitó en publicar elogios excesivos sobre la ex candidata a la diputación federal, como si nadie supiera que detrás de toda esa arrebatada pasión subyace simplemente el amor que todo padre tiene para su hija. Eso está muy bien en el ámbito personal, hogareño, sentimental, pero no en la arena política, y mucho menos en tiempo de elecciones, principalmente porque éstas son solventadas con recursos públicos y estos no pueden estar destinados a encumbrar carreras políticas de familia. Si a esto agregamos que el PRD se alió de facto al PRI en las pasadas elecciones, a través de su candidata a la gubernatura (cuyo esposo, ya lo dije en alguna ocasión, tenía una relación de subordinación con Nacho Peralta), el destino del Sol Azteca en Colima estaba echado. El pronóstico, entonces, resultó cierto: se abismó. Indira Vizcaíno, confiada más en los piropos que en sus propuestas de campaña, perdió la diputación federal contra el combativo Kike Rojas, Martha Zepeda no alcanzó ni lo mínimo indispensable para enorgullecer a la que desde su fundación se convirtió en la tercera fuerza política nacional y, como consecuencia de esto, el PRD se pulverizó. El PRI y el PAN tienen que sacar una jugosa enseñanza de esto: el PRI tiene que renovar sus cuadros, sus rostros, su manera incluso de hacer política; el PAN, por el contrario, no tiene que confiarse porque es posible que este triunfo sea más por los garrafales errores cometidos por los rojiblancos que por las virtudes de los albiazules. Nadie lo sabría. En cualesquiera de los casos, los tres partidos no tienen que obviar esta enseñanza: la sociedad ha cambiado y es menos manipulable de lo que era hace unos cuantos años, así que el partido que no lo entienda puede correr la misma suerte (trágica) que ha corrido ahora el PRD.

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