Michel Foucault, política y reforma educativa

Si bien Michel Foucault, uno de los filósofos franceses más influyentes del pasado siglo, no escribió nada específico sobre educación (como lo hiciera sobre el poder, la locura o la sexualidad), gran parte de su pensamiento y sus metodologías para acercarse al conocimiento han sido tomados como modelos para entender la esencia de lo que debe ser un sistema educativo, que al propio Foucault le interesaba mucho, de ahí su influencia en la Reforma Educativa francesa e incluso española y latinoamericana. Al no haber escrito nada sistemático sobre el saber pedagógico, las conceptualizaciones del autor de Vigilar y castigar han partido del modo en que Foucault cuestiona todas las verdades que consideramos absolutas.

Como no existen, para Foucault, verdades absolutas, en sus análisis (arqueológicos, genealógicos y hermenéuticos) el filósofo intenta llegar a la raíz para decirnos, primero, cómo es que llegamos a asumir a través de la historia esa verdad absoluta (desde su génesis) y cómo, en segundo lugar, podríamos cambiarla de cara a nuestra nueva realidad. En ese sentido, los pedagogos (incluidos los latinoamericanos) han visto que toda Reforma Educativa que pretenda realmente transformar al individuo y a su sociedad debe partir de ese principio: poner en duda las verdades absolutas (esto es, salirse de la pedagogía del adoctrinamiento de la que hablaba Noam Chomsky, que la anteponía a la de la Ilustración) y construir un nuevo paradigma epistemológico de acuerdo a su circunstancia. La corroboración de esa metodología la demostró el mismo Foucault cuando, para el rubro educativo, hizo a un lado tanto el enfoque funcionalista y positivista (por considerarlos mera estadística y número) como del marxista (por considerarlo mero instrumento de adoctrinamiento ideológico).

No: lo más importante de una Reforma Educativa, siguiendo las ideas de Foucault, es conseguir que el conocimiento que se transmita logre que el educando se encuentre a sí mismo porque ésta es la única forma en que podrá conocer a los otros y a su entorno, y entonces podrá realmente evolucionar. Una política educativa que parta de esa forma foucaultiana de conocer podría crear una verdadera transformación que ayude a mejorar las condiciones del individuo y de la comunidad en la que se inserta siempre y cuando nunca deje a un lado -para no detenerse- ni la evaluación continua ni la constante investigación educativa. En México, por ejemplo, una verdad que consideramos absoluta es la tarea como una forma real del reforzamiento del conocimiento después del aula y no (como ya lo han demostrado serios estudios académicos difundidos por la ONU) un impedimento para que el alumno desarrolle capacidades incluso de mayor trascendencia: emocionales, sensoriales, psicosociales, etcétera. ¿Se acabará la tarea en México? Considerado su beneficio como una verdad absoluta, es casi seguro que no se acabe nunca si no se le cuestiona a la manera foucaultiana.

Si una política educativa no rompe con las malas verdades absolutas y los anacrónicos paradigmas del pasado su resultado, ya lo vimos, será fallido.

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