Conversaciones con mi hermano

La otra noche hablaba con mi hermano sobre una crisis que tuve de ansiedad, pues padezco desde niño el Trastorno Obsesivo-Compulsivo, aunque a mí me gusta más llamarlo trastorno de la sensibilidad, porque es de la sensibilidad de lo que se trata este asunto. Le contaba, en términos generales, cómo empiezan las crisis, cómo se desarrollan y cómo terminan, periodo durante el cual se mastica piedras y se come escombro, aunque también se ama más al mundo, la gente que lo habita y sus alrededores. El común de la gente no sabe lo que es una crisis real de ansiedad, mucho menos obsesiva-compulsiva. La gente normal suele creer que una crisis de ansiedad es sentirse muy preocupado durante un periodo considerable de tiempo y ser obsesivo-compulsivo es una cosa que se puede ir presumiendo por la vida, diciendo con orgullo: yo soy obsesivo-compulsivo, por eso no me estoy quieto nunca, hago esto y lo otro y cuando me propongo algo me obsesiono y lo consigo, porque soy un obsesivo-compulsivo. El que se jacta de ser un obsesivo-compulsivo y no ha sentido que pierde la cabeza, y que se le va la realidad de las manos, y que incluso se siente ajeno a sí mismo, con angustias de muerte que lo dejan pasmado y con los ojos desorbitados en mitad de la calle, entonces no padece el trastorno. Mal hago en explicarlo porque nadie podría entenderlo si no lo ha vivido, esa es la verdad. No se puede uno doler con el dolor de otro, nunca, ni experimentarlo de oídas. El que realmente lo padece, sin embargo, sabrá de lo que estoy hablando y seguramente me escribirá para decirme que le ha ayudado mucho esto que he escrito, sobre todo porque lo he padecido desde niño y si estoy vivo eso quiere decir que esas ideas de inminente muerte o locura son señales falsas que nos tiende la cabeza, aunque en cada nueva crisis uno crea en realidad que será la definitiva. Esto le explicaba a mi hermano poco antes de que él me diera, refiriéndose al trastorno, un ejemplo que me gustó. Me comparó con un automóvil Fórmula 1, de esos que uno ve en las carreras de anchas autopistas dando una y otra vuelta a gran velocidad. Los que somos obsesivos-compulsivos damos esa impresión: que somos automóviles Fórmula 1 imparables, que hacemos grandes recorridos (trabajamos o escribimos, como es mi caso) con una fuerza indoblegable y que, sobre todo, no nos cansamos nunca. Sin embargo, me decía mi hermano, aun cuando tengas esa potente máquina llega un momento en que tendrá que detenerse a cambiar llantas, revisar pistones, aceitar válvulas, etcétera, porque de otra manera reventaría. Incluso -seguía mi hermano- el chofer (o yo) necesita hasta de un copiloto para poder avanzar sin el temor de perder el rumbo o volcarse a ras de carretera. El ejemplo de mi hermano me gustó porque efectivamente, los obsesivos-compulsivos somos automóviles Fórmula 1, el problema es que aunque sabemos -estamos conscientes- de que no somos invulnerables, y que incluso ocupamos del copiloto, los mecánicos especialistas, etcétera, nunca podemos parar hasta que la máquina truena y ya cualquier señal previa (si la hubo) se hace inútil. Esa es la única diferencia con los automóviles Fórmula 1: que ellos tienen sistemas de alerta (rojo para combustible, naranja para frenos, blanco para llantas), mientras que los obsesivos-compulsivos no: nuestro tablero es austero, tan austero que ni siquiera nos muestra la velocidad a la que vamos, de ahí que siempre terminemos -como ha sido mi caso- estampados en el muro de contención.

 

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