“Todo lo que cuento en esta novela sucedió: Rogelio Guedea”, por Carlos Olivares Baró

ogelio Guedea (Colima, México, 1974): abogado criminalista, quien tiene en su haber un doctorado en letras hispánicas. Narrador, poeta y ensayista; ha coordinado la edición de Historia crítica de la poesía mexicana I y II, dos manuales esenciales que recopilan estudios de la lírica mexicana del neoclásico a nuestros días. Ganador del Premio Memorial Silverio Cañada 2009 por Conducir un tráiler, en 2008 obtuvo el Premio Adonáis de poesía por Kora.

Circula en librerías El último desayuno (Literatura Random House, 2016), novela en que el autor de 41 (Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor 2012) presenta en apariencia un relato de intriga policiaca en el cual suscribe una de las fábulas más sugestivas e inquietantes de la actual narrativa mexicana. Uso de la primera persona —empalmado con ecos de él tácito en raigambre flaubertiana—, el monólogo de Roque de la Mora, profesor universitario en Nueva Zelanda, pone al lector en contacto con la insustancial y rutinaria existencia en el campus docente hasta que aparece asesinada Sara Pike, alumna de cercanía afectiva con él.

La obsesión y las especulaciones autodestructivas del protagonista edifican ramblas de ambiguos entramados donde el miedo y la culpa se alimentan de rumores inquietantes. Coordenadas adyacentes a las atmósferas del cine de Truffaut y de Scorsese, una prosa ágil —bordeada de caviles brotados de la indefensión del hombre frente a los infortunios— suscribe señas de perplejidades que atrapan al lector desde los primeros folios.

“Soy de naturaleza obsesiva. Todo lo que cuento en esta novela sucedió. Lo recreo en los espacios de la verdad literaria. Me interesa desentrañar la culpa y el miedo de un hombre acechado por la fragilidad y ceñido por abrumes galopantes”, comentó en entrevista con La Razón el autor de La Brújula de Seneca: manual de filosofía para descarriados.

¿Novela policiaca o una fábula en que un hombre se ve acusado por sus angustias? Lo policial aquí, quizás, no es más que un pretexto para indagar en la conciencia de un personaje ahogado, incluso, en los afectos y en los sentimientos que sintió por la alumna asesinada. Los rumores que se suscitan en el campus alimentan su culpa: ese eco de comentarios sobre su cercanía con la víctima asedian su existencia. Él sabe que no es el asesino, pero se siente involucrado en los hechos.

¿Influjos de Simenon, Dürrenmatt, Scorsese…? ¿La cadencia de la prosa y el manejo de las mudanzas espaciales-temporales cercano a la crónica?… Bueno, son dos autores que leo. Lo del cine de Scorsese, me siento muy identificado con él. No quise complicar el flujo narrativo, por eso recurrí a párrafos breves, dinámicos con un montaje muy cinematográfico, que le debe mucho a la crónica.

¿Cuestionamiento a la rutina de la vida en un campus universitario y, asimismo, una reflexión sobre el matrimonio, el divorcio, los hijos…? Sí, me detengo en esas cosas de manera indirecta; pero, sobre todo me preocupaba exponer la manera de cómo el miedo nos hace ocultar actos inocentes que, sin embargo, la obsoleta moral burguesa puede convertir en signo de culpabilidad…

El lector se entera de la relación sexual del profesor con Sara casi al final de la novela. Así es. El narrador está contado también desde sus aprensiones culturales, desde sus gestos y recelos, por eso le informa al lector ese hecho mucho después que ha acudido a la policía y más o menos cuando la verdad se va descubriendo.

Roque lleva a Sara a casa de sus padres: en el coche ella le enseña las “bragas color cielo” por la minifalda que viste. Desborde erótico muy sugerente y sigiloso… Tienes razón es uno de los pasajes más erótico del relato, pero preferí dejarlo en la insinuación.

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