Aviva-no, de Shimon Adaf

Fui hijo único por doce años, hasta que llegó Héctor, mi único hermano. Yo no tuve una hermana, pero como siempre la soñé, como la convertí en algo real de tanto imaginarla, sé lo que se puede sentir perderla, aunque nunca la hubiese tenido. Yo he perdido muchas cosas sin haberlas tenido, con la sola nostalgia. Es un dolor que fragmenta, un dolor que no tiene ritmo ni cadencia, un dolor que tampoco tiene color. El dolor de perder a una hermana lo quiebra todo, no hay cosa que permanezca en pie, pudo sentirlo aunque nunca hubiera tenido una hermana. Por eso leer Aviva-no, de Shimon Adaf, un libro que es a la vez una larga elegía (y una intensa agonía) sobre la la muerte de su hermana es enfrentarnos a una realidad (real y poética) que nos socava de costilla a costilla. Como lo dije, no se busque en este libro una música embelesante, no, el mismo Shimon lo dice: “este poema no tiene música, llega desde lejos, desde un reino que no necesita sonido”, búsquese entonces como música una herida, téngase como música una desgarradura, téngase como murmullo algo que está cortándonos permanentemente, jamás una música embelesante. El largo lamento de Shimon tiene un mérito: es la no-poesía más poéticamente intensa, porque nos habla de (y desde) la demolición del lenguaje mismo, nos habla desde un no-lenguaje, es un quejido nomás, como el que damos cuando nos rompemos una pierna en un potrero yermo. El propio Shimon lo vuelve a decir: “dadme las formas que limitan el lenguaje y las romperé una a una, las demoleré hasta las raíz, sus acciones las arrojaré contra las rocas, terribles meretrices dicen Aviva murió”. No importa si la hermana muerta de Shimon tiene 43 años, qué carajos importa eso, tampoco importa si es maestra y murió frente al espejo, en el baño de su casa, qué carajos importa eso, lo que importa es el golpe de dolor que ha dejado en el poeta y que lo ha puesto en un mundo post-poético que a su vez, paradójicamente, convierte su palabra en algo líricamente novedoso y potente. En esto radica la singularidad de Aviva-no. Escribe Shimon: “¡Noooooo!, dolor no ceses, mi corazón, no te detengas por el pesar, sangre arde, hierve, murmura y cuerpo, abrasa, abrasa, los nervios que discurren a lo largo de la carne y también ustedes, músculos, estallen en llamas, huesos que rozan los órganos internos, perforen, rasguen un poco hasta que surja un absceso y para que no inquiera dónde está su memoria, su olvido en dónde para que no se deslice entre mis manos hermana en el tiempo.” Ante circunstancias así no se pueden tener concesiones estilísticas, artificios verbales, pirotecnias del sentido y la significación. El poeta se subordina a su tragedia personal y cede a ésta su voz, y en este caso es tan profunda, es tan honesta y desesperada, que Shimon le susurra a su hermana: “toma parte de mi cuerpo y de mi vida para que puedas vivir”. Y más adelante, se rinde: “y si en esta vida hay vida más allá de la vida corporal te sea otorgada”. Un canto fraterno desgarrador, una letanía que no sólo puede abarcar la historia familiar sino también toda la historia de un país, Aviva-no es un libro que hay que leer (y discúlpenme la paradoja) con los ojos cerrados, de pie, frene a una casa consumida por el fuego.

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