Violencia y cerco mediático en Colima

En los últimos ocho meses Colima ha ocupado el primer lugar en índices de violencia a nivel nacional por cada cien mil habitantes, cifra que se toma como parámetro para determinar estos alarmantes resultados.

Para decirlo más gráficamente: en todo 2015 hubo, por ejemplo, 189 víctimas, mientras que en lo que va de 2016 (esto es todo lo que lleva la gestión del priista José Ignacio Peralta Sánchez) la cantidad ha ascendido a 465, a pesar de que el slogan de la campaña del Ejecutivo estatal actual era “vas a vivir feliz, ¡seguro!”.

Los números no serían condenatorios si Colima no hubiera sido, antes de iniciada la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón, un lugar relativamente tranquilo para vivir.

La violencia, sin embargo, ha escalado a niveles apabullantes desde el inicio de la administración de Peralta Sánchez, quien arrancó su sexenio bajo la sombra de un evidente fraude electoral. De hecho, la elección ordinaria a gobernador tuvo que ser anulada, si se recuerda, por la intromisión del Estado en los comicios, lo que obligó a ir a una votación extraordinaria.

Esta sombra de ilegitimidad ha afectado muchos frentes de la gestión peraltista, entre ellos el que más estragos sociales ha causado: el de la violencia imparable.

Las causas de esta violencia las dio, en un artículo poco difundido en Colima, el escritor y columnista Héctor de Mauleón, para El Universal. En “La guerra entre el Chapo y El Mencho”,  De Mauleón es certero cuando entrecruza la actual guerra del narcotráfico en Colima propiciada por estos dos cárteles con la historia política estatal, toda protagonizada por el PRI, partido qu siempre ha gobernado  la entidad y en cuyas filas un gobernador ha sido asesinado (Silverio Cavazos), otro atentado (Fernando Moreno Peña) y otro muerto en muy sospechosas circunstancias (Gustavo Vázquez Montes).

No sería, pues, temerario aventurar que esta recrudecida violencia colimense tenga que ver con reacomodos no sólo del narcotráfico en sí mismo sino también de las estructuras de poder gubernamental en relación con éste, pues es notorio ver cómo diferentes grupúsculos de poder priista en Colima rodean (y maniatan, incluso) el cuestionado liderazgo del gobernador Peralta Sánchez.

Si a esto se añade la represión y censura que empieza a existir contra todo tipo de disidencia mediática y, por otro lado, la cooptación de los medios de comunicación de mayor presencia en el Estado (Diario de Colima y Ecos de la Costa, al servicio ya de la causa gubernamental), las claras señales de un gobierno despótico empiezan a ensombrecer el futuro de esta hoy convulsa entidad.

Será sólo un frente social amplio e incluyente y un concierto de periodistas y opinólogos locales lo que obligue a la tiranía que pretende consolidarse a desistir de su empeño. De otra forma se esperan para Colima más tiempos de dolor, desigualdad, hambre y muerte.

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