Trump, Videgaray y la ruina mexicana

Los que creyeron muerto políticamente a Videgaray se llevaron una gran sorpresa: no estaba muerto, había dado un simple traspié.

Pero todo cambió con la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, ese mismo Trump temerario que, en un tuit, lamentó que el ex ministro de hacienda hubiera “renunciado” a su cargo por el desaguisado de su visita, de la cual fue él mismo su artífice.

Lo que fue un terrible tropezón fue visto, con el triunfo de Trump, como un acierto que ahora ha hecho regresar triunfante a Videgaray como secretario de Relaciones Exteriores.

Fue el propio Trump, por tanto, quien provocó (u ordenó) su nombramiento y, con ello, lo colocó inmediatamente en la carrera por la presidencia de la República en 2018, muy a pesar de Osorio Chong, Margarita Zavala y el propio Andrés Manuel López Obrador, quienes ya saben el peso histórico que ha tenido Estados Unidos en las “democracias” latinoamericanas.

Aun con la inestabilidad generada por el alza de la gasolina (y, con ella, de todos los productos que dependen de este inestimable producto), la posible llegada de un hombre identificado con el nuevo fascismo estadounidense pondrá, de no poner un acicate a tiempo, en serio riesgo la soberanía de nuestro país, ya de por sí agonizante.

México es un país en ruinas, y no sólo por la mencionada alza de la gasolina, la corrupción y la impunidad, la esterilidad de nuestro campo y nuestra industria, la pobreza galopante, sino por la cada vez más grande desigualdad que existe entre la élite que gobierna el país y el pueblo que la padece, empobrecido y rabioso.

Por más que ambos sectores de la población quieran dialogar, el diálogo –ya lo hemos visto- se hace imposible: no se puede dialogar con quien se ha tapado los oídos (el gobierno) para no escuchar y ha hecho con los recursos públicos sólo aquello que beneficie a una clase de insensibles privilegiados.

Un estadillo social, muchas revueltas y una revolución serían, en estos casos, las únicas vías que el Estado le deja a un pueblo que se ha cansado ya de rogar por todos los canales comunicativos posibles (incluidas las redes sociales) un alto a tanto impune saqueo y latrocinio.

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