Primero educar, luego… ya veremos

No creo en la división maniquea del  primer mundo y del tercer mundo, pero si de verdad existen considero que la diferencia, entonces, entre uno y otro, según el criterio que se nos ha impuesto, es que el primer mundo es más civilizado (con todo lo que esto implica: un sistema de justicia (casi) indoblegable, un buen modelo salud, y un estado de bienestar que procura no dejar a nadie en desventaja) mientras que el tercer mundo es más bárbaro (con todo lo que esto implica: riqueza mal distribuida, fallida impartición de justicia, precario estado de bienestar, y corrupción).

El puente que divide a una mundo del otro tiene que ver, básicamente, con el nivel de educación y de conciencia ciudadana, uno de los dividendos de la educación.

A mayor educación, mayor preocupación por el cuidado de uno mismo y del otro. A menor, poca importancia por el respeto de uno mismo y de los otros.

En este sentido, la vecindad de México (país considerado del tercer mundo) con Estados Unidos (país considerado del primer mundo) le ha hecho más daño que bien pues lo ha tentado, entre otras cosas, a entrar en debates para los cuales nuestro país todavía no está preparado porque carece de lo mínimamente esencial: una educación sólida no para un solo sector poblacional sino para todos los mexicanos.

Debates como el del aborto, los matrimonios del mismo sexo, la muerte asistida y recientemente el de la legalización de la mariguana ponen a nuestro país patas para arriba porque, si bien es cierto que hay luminarias progresistas a lo largo y ancho de nuestra geografía, éstas representan un mínimo de la población y no el gran porcentaje de los mexicanos que tienen una formación educativa tan endeble que apenas les ajusta para hacerse de un criterio consistente con el cual actuar en consecuencia en los temas cruciales del primer mundo.

Mientras en México el debate sobre la legalización de la mariguana apenas inicia (ya atascado en una enorme polémica), en Nueva Zelanda, por ejemplo, el debate sobre su prohibición (en virtud de las graves consecuencias que ha empezado a representar) permea la agenda nacional.

Si a esto ha llegado un país que, me consta, tiene niveles de educación, civilidad y conciencia ciudadana que podrían tacharse de impecables, no imagino en lo que pararía en un país donde nuestro Estado de Derecho se rige a balazos.

Es maravilloso pretender estar al nivel de los países llamados del primer mundo en debates tan finos como estos, pero México no puede volar sin antes no haber empezado a caminar siquiera.

Por cierto, nuestra violenta e ingobernable realidad se ha recrudecido tanto que parece que ahora gateamos, y hacia atrás

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios