Peralta vs Romero: la ropa sucia se lava en casa

El gobernador Nacho Peralta está cometiendo un grave error y no parece o no quiere darse cuenta: actúa como si su mandato fuera a ser eterno y, sobre todo, como si su actuar fuera moralmente impecable y no tuviera consecuencias futuras. Ya David Hume, filósofo inglés, advertía de los terribles efectos que tenía que un jefe de Estado le diera la espalda a la sociedad para sólo dedicarse a satisfacer deseos privados. Esta actitud que ahora no parece causarle mayores estragos a él y al pequeño círculo que lo rodea y lo vitorea (en especial su tío Héctor Sánchez de la Madrid, de Diario de Colima, y Ecos de la Costa, su nueva adquisición) será catastrófica cuando cumpla cuatro años en funciones y su relevo gubernamental empiece a consolidarse para las elecciones de 2021. Que la sociedad pueda hacer poco o nada para obligarlo a dimitir no aminora su impotencia, hartazgo y deseos de justicia.

El gobernador Nacho Peralta no le ha dado a los colimenses algo que es la única y más importante función y esencia de todo estado: paz y armonía social. De todos los demás rubros podrá presentarnos cuentas alegres (ajustadas a su propio beneplácito), pero la sociedad las desmiente con solo observar la realidad: muertos y más muertos por todos lados, desempleo, marginación y hambruna. La férrea persecución política que ha emprendido en contra de funcionarios de la administración anguianista, por mencionar un sólo ejemplo, es directamente proporcional a los niveles de ilegitimidad de su mandato, el cual, de seguir por la misma ruta, se irá de bruces en aceptación social tal cual le ha sucedido al presidente Peña Nieto en estos últimos dos años. El caso del actual líder de los trabajadores del Estado, Martín Flores, se convierte también en un asunto emblemático de acecho gubernamental tendiente a arrebatarle a la mala al dirigente el control del sindicato.

De más está decir que la traición de Peralta Sánchez en contra de políticos que se batieron por él y con él en la pasada campaña no está sino construyéndole una guillotina que, sin duda, estrenará apenas termine su gestión, que pasará mientras lo duda. A todo esto deberíamos agregar la malversación de dineros que dejó en el mandatario la venta de La Campana, en donde se rumora que el Ejecutivo estatal se echó a su bolsa entre 40 y 50 millones de pesos, rumor que el tiempo (¡ojalá que no!) puede convertir en una verdad inapelable. Lo que sí es cierto es que desde poco después de iniciada su administración, el máximo líder priista se encerró en su camioneta blindada y desde entonces se ha dedicado solo a escuchar lisonjas de sus cercanos, pero no a resolver los problemas torales de nuestra entidad: crímenes, robos, secuestros, desaparecidos.

Muy lejanos están ya aquellos días en que el gobernador Nacho Peralta se acercaba a la gente de a pie, departía con tejuineros y raspaderos, abrazaba a vendedores de coco, ancianas y niños humildes, y, en suma, se fundía con el pueblo. Si ha traicionado a políticos que lo ayudaron a llegar al poder, incluidos muchos anguianistas que hoy defenestra, ¿qué le impediría entonces darle la espalda a la sociedad? El elitismo del mandatario es equivalente a la ruina de una sociedad impotente e incapaz de ejercer su derecho de revocar el mandato de un  gobernador que ha dado muestras claras de insensibilidad e indiferencia al dolor ciudadano. Y si el gobernador es así, sus funcionarios no tendrían ningún impedimento (sentado este precedente) en actuar de similar manera.

Ha llegado a tal grado la frivolidad de la gestión nachoperaltista, que el Ejecutivo estatal tuvo tiempo de dar pormenores de riñas personales que tiene con personajes que pertenecen al ámbito de su vida privada, como si eso fuera de interés público. ¿No debería el gobernador informarnos sobre las acciones que emprende para acabar con toda esta violencia que nos azota en lugar de decirnos que no podía sacar de su departamento a un íntimo amigo suyo al que le ha hecho favores políticos?

El Ejecutivo estatal tiene que saber que gobernar no es una celebración entre camaradas, sino un ejercicio responsable y eficaz de administración de los bienes y servicios de la sociedad. Si el mandatario no impide por todos los medios llevar sobre la espalda el lastre de familiares, políticos y amigos que sólo lo ven por meros intereses económicos y no empieza a alzar un poco más la vista para que se dé cuenta que nada posible se ha hecho todavía, que ha habido incluso una involución en estos ocho meses en el rubro de la seguridad y que quienes se lo decimos no somos sus enemigos sino simplemente ciudadanos que sentimos un profundo amor por nuestra entidad, entonces ese vivirás feliz y seguro de su campaña se nos convertirá en un verduguillo que nos atravesará, en cualquier momento, de lado a lado.

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