Ley Orgánica Universitaria

Hace unas semanas el Congreso local sesionó para resolver un asunto de interés (y competencia) de todos los universitarios de nuestra Casa de Estudios: la reforma a la Ley Orgánica presentada por un grupo de académicos de nuestra institución a fin de, entre otras cosas, cambiar esencialmente la forma de su gobernanza.

Un nutrido sector de universitarios se hizo presente en el recinto legislativo, entre ellos el propio Rector de nuestra Alma Máter, José Eduardo Hernández Nava, quien los encabezaba. Los resultados de la sesión fueron halagüeños para toda la comunidad educativa pues el Congreso decidió no aprobar esa reforma por considerar que ésta no nacía ni representaba la voluntad general universitaria sino los intereses de una minoría. En esa determinación yo mismo estuve de acuerdo e, incluso, en un artículo previo a la resolución escribí que la Ley Orgánica debía ser la representación del sentir común y, por lo tanto, estaba obligada a responder a las necesidades de todos y no de unos cuantos, sobre todo si estos cuantos respondían más a intereses políticos que puramente académicos.

Un aspecto de fondo, sin embargo, me parece innegable: la Ley Orgánica sí requiere reformarse, cosa que también he manifestado en más de una ocasión. Y requiere una reforma de fondo por una simple razón: la Universidad de hace treinta años no es igual a la Universidad que gozamos ahora, y mucho menos después de los cambios tecnológicos y científicos que hemos presenciado en los últimos diez años. La estructura general de nuestra Casa de Estudios ya no es la misma, su forma de organización administrativa se ha modificado, su relación con la sociedad también ha cambiado, la sociedad misma  es otra ya, incluso su manera de ejercer el poder tanto al interior como al exterior es distinta y, por tanto, requiere otra normativa que le brinde otras prerrogativas de mayor apertura. Muchos ámbitos del quehacer universitario se han, por sí solos, democratizado, es cierto, pero muchos otros requieren una dirección distinta para responder a las demandas actuales, pues la sola inercia hace algunas veces más de acicate que de bisagra.

En suma: una revisión en los tres ámbitos más importantes de la tarea educativa de nuestra máxima Casa de Estudios (administración, docencia e investigación) podrían de forma natural imponernos una adecuación sustancial a nuestra Ley Orgánica y esta adecuación de la misma, a su vez, podría marcar un nuevo rumbo a la misión y visión general de nuestra institución.

No es necesario hacerlo mañana o pasado mañana, pero sí considero que este proyecto debería estar en alguna parte de la agenda del actual Rector a fin de que los logros universitarios alcanzados hasta ahora no sólo se sigan acumulando sino, aún mejor, no se detengan.

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