Ley Fayad, acceso a la tiranía

México es un país con un endeble estado de Derecho.

Las instituciones de justicia (y las instituciones en general) son deficientes o fallidas.

Su mayor logro ha sido incrementar la impunidad y, con ello, su propio descrédito.

La sociedad no cree en la justicia mexicana, duda que ésta, en realidad, se haya constituido para servirle.

Al contrario, la saben erigida para la protección de sus funcionarios y de la clase política que los ampara.

Las redes sociales, por tanto, se han convertido en el Tribunal de Justicia de la sociedad. Más de cincuenta millones de mexicanos acuden diariamente a ese enorme juzgado virtual que es Facebook o twitter (principalmente) para presentar sus denuncias en contra de las aberraciones de funcionarios públicos, gobiernos, políticos, etcétera.

La mayoría de estas denuncias o reclamos son, precisamente, el reflejo de la impotencia de la sociedad, por un lado, y de la ineficacia del Estado mexicano para responder a sus demandas, por otro.

En este contexto surge la Ley Fayad, que intenta penalizar los delitos informáticos y sancionar (según se lee en el artículo 17) “a todo aquel que dolosamente destruya, inutilice, dañe o realice cualquier acto que altere el funcionamiento de un sistema informático o alguno de sus componentes…”.

Todo esto con el fin, según el senador Omar Fayad Meneses, quien la propuso, “de proteger a nuestros hijos de personas que están haciendo mal uso de la libertad de internet para cometer delitos o para cometer conductas ilícitas”.

Por fortuna, nadie ha sido lo suficientemente ingenuo para creer que esta Ley quiere velar por nuestros hijos, sino que más bien con esta Ley se pretende reprimir cada vez más la libertad de expresión de los mexicanos, hartos de las rapacidades de los gobiernos, que son los que más reciben las críticas de los internautas.

La solución, pues, no es crear una ley para reprimir a los usuarios de internet, sino crear una que castigue, duro y sin concesiones, a los gobernantes que provocan esas iras virtuales.

Porque ya lo sabemos: nunca ha sido un buen remedio atender los efectos y olvidar las causas.

 

 

 

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