La Universidad de Colima, nuevo ciclo

La mayor fortaleza de nuestro estado es la Universidad de Colima. Es -y pocos a veces nos damos cuenta- la fuente que alimenta científica, técnica y humanísticamente a todas las áreas de desarrollo de nuestra entidad, vía las diferentes instancias de Gobierno, iniciativa privada, etcétera. No hay otra institución educativa de las proporciones de nuestra alma máter, ni, por lo tanto, que tenga un impacto similar en la vida de los colimenses.

Debería enfatizarse a Colima, por tanto, como una ciudad universitaria, porque así lo es, y todos los actores políticos (sin importar su vocación ideológica) deberían tomar conciencia de la importancia que tiene esto para el progreso social. La Universidad de Colima, por tanto, puede permitirse tener críticos, es incluso sano que los haya, pero no enemigos, porque la Universidad es un bien de todos. Es nosotros mismos.

Por eso, la salud de nuestra casa de estudios es directamente proporcional a la salud de la sociedad en que vivimos e, incluso, del Gobierno que tenemos, pues nuestra alma máter alberga, según cifras de los ingresos a este nuevo ciclo, a cerca de 27 mil estudiantes, todos ellos en camino de convertirse en los depositarios del destino del estado. Las implicaciones que tiene que estos miles de estudiantes no se formen como debe ser conlleva, considerando lo anterior, consecuencias letales para el porvenir de nuestra entidad y de la propia institución, sobre todo porque el México herido que hoy vivimos ha superado con creces la más dura crisis (sobre todo de valores) a la que se puede enfrentar cualquier sociedad.

En medio de crisis como ésta el papel de la Universidad se hace imprescindible y la responsabilidad, tanto para la comunidad universitaria como para las fuentes que proveen financiamiento a la institución, se impone doble. Por un lado, es importante que la comunidad universitaria persista, en la medida de lo posible, en un proyecto común, donde la formación de los estudiantes sea la prioridad, preocupación que ha hecho palpable (pese a las limitaciones económicas) el rector Hernández Nava, quien hace unos días inauguró, por ejemplo, los tan necesarios bachilleratos 12 y 13 de Cuauhtémoc, que tuvieron una inversión de más de diez millones de pesos en su primera etapa, además de anunciar (el mismo rector Hernández Nava) que, pese a la crisis financiera por la que atraviesa el Gobierno del estado, no está en los planes de nuestra casa de estudios recortar su personal.

Pero por otro lado, y dentro de esta misma responsabilidad, está la de los organismos que financian a nuestra institución educativa, tanto a nivel local como federal, los cuales no pueden obviar cumplir puntualmente con sus aportaciones, tal como lo marca la ley. Si esto así sucede, todos (comunidad universitaria, actores políticos, iniciativa privada y sociedad en general) debemos pedir, no sin firmeza, que se cumpla con dicho compromiso.

Nuestra alma máter, que celebra sus primeros 75 años, entra pues en un nuevo ciclo, y no sólo por el ingreso o reingreso de los estudiantes a sus nuevos cursos, sino porque la situación (política, económica, moral) que vive nuestro estado ha cambiado drásticamente y nuestra casa de estudios no podrá, ante ese nuevo esquema, más que actuar en consecuencia.

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