La tarea principal del Estado

Muchos filósofos de la teoría política (desde la antigüedad) han reflexionado sobre cuál es la verdadera función del estado, como creación concertada por hombres que deciden vivir juntos en una comunidad. Las definiciones varían tanto como varían los pensadores que han inquirido sobre ellas. Para Aristóteles, por ejemplo, el estado era una especie de extensión y agrandamiento de la familia, de ahí que para comprender al estado se tenía primero que comprender las funciones del hogar y los roles que cumplían los miembros que lo integraban. Si en una familia la autoridad del padre era débil, entonces la propia familia vivía en una anarquía; si era, por el contrario, demasiado fuerte y severa, en una tiranía.  Aunque cada filósofo tiene un particular punto de vista, hay, sin embargo, simpatías entre muchos. Con las que yo más coincido son con aquellas desarrolladas por Hobbes, por ejemplo, en su Leviatán, o con el propio Carl Schmitt en El concepto de lo político, su obra más célebre, por mencionar dos autores tan disímiles como convergentes. Para ellos, la función principal del estado es mantener la paz y la armonía social, además (como lo quería Platón) la felicidad de los hombres, a través de la justicia y (para no dejar de evocar a Cicerón) y el bien común. Carl Schmitt, estudioso del mismo Hobbes, una de sus grandes influencias (y ahí está su célebre El Leviatán en la teoría del estado de Thomas Hobbes), definió la tarea principal de estado así:  “La tarea de un estado normal consiste ante todo en alcanzar dentro del estado y de su territorio una total pacificación, creando tranquilidad, seguridad y orden, y configurando así la situación normal, cuyo presupuesto es que las normas jurídicas puedan tener validez”. De no existir esto, la tarea del estado no se cumple y la necesidad del mismo es innecesaria. La idea de la cancelación del estado como figura intermediaria entre el quehacer de los hombres es seductora pero, al día de hoy, puramente fantasiosa. No creo, como lo consideraba el propio Hobbes, que el hombre pueda detener su deseo insaciable de poder, dinero, etcétera, por sí solo, de forma que ocupa un órgano regulador (el propio estado) para frenarlo a él y al resto de los comunitarios, sin que con ello se rompa la armonía y la paz social, para lo cual –como se sabe- es necesario un sólido Estado de derecho. Nos olvidamos, pues, que el estado también se ha erigido, como lo quería Jeremy Bentham, padre del utilitarismo, para proveer a la sociedad del menos sufrimiento posible y de la mayor felicidad posible para el mayor número de personas, labor que, lamentablemente, no parecen ya estar cumpliendo muchos estados del mundo contemporáneo.

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