La tarea, cáncer de la infancia mexicana

La Reforma Educativa se ha convertido quizá en la más importante de entre las reformas estructurales promovidas por el Gobierno federal de Peña Nieto, incluso más que la Fiscal y la Energética, en el marco del Pacto por México.

Su aprobación e implementación, sin embargo, todavía está en juego en virtud de la resistencia real de un sector importante del gremio magisterial que ve en ella otra mera forma de control político por parte del Estado y no un verdadero afán de transformación de la formación de los estudiantes mexicanos, quienes, según la nueva reforma constitucional, ahora deberán recibir una “educación de calidad”.

Más allá del debate (válido o no) de los adultos sobre la Reforma Educativa está la situación real de quienes la sufrirán o gozarán, esto es: los estudiantes de la educación básica nacional.

En nuestro país siempre se ha tenido la falsa idea de que mejorar es abundar, de ahí que sea muy fácil confundir calidad con cantidad. No se busca eficientar los procesos de cambio sino hacerlos más largos, porque –se cree- entre más esfuerzo se haga y más nos cueste trabajo hacerlo es mejor.

No en todo es así.

Mis hijos –y vale en este caso un ejemplo personal- han tenido la oportunidad de asistir a dos tipos de sistemas educativos: el mexicano y el neozelandés, este último considerado uno de los mejores del mundo. En el primero (el nuestro) saltan a la vista dos cosas innegables: por un lado, llevan una mochila que en ocasiones ni siquiera pueden cargar sobre la espalda en virtud de la cantidad de libros y libretas que les requieren sus clases todos los días y, por otro, vuelven a la casa con tal cantidad de tarea que les es imposible llevar a cabo una lectura recreativa (de alguna buena novela infantil o clásica, etcétera) o, sobre todo, de simplemente jugar con sus amigos, hecho crucial para su desarrollo personal y humano.

En el segundo sistema (el neozelandés), en cambio, sucede completamente a la inversa: por un lado, llevan una mochila que de tan magra (apenas un folder con una hojita de ejercicios) cede un amplio espacio para la lonchera y, por otro, vuelven a casa teniendo sólo como tarea leer un poco (generalmente las páginas de una buena novela, que ellos mismos eligen) y hacer algunos cuantos ejercicios de matemáticas, que en estas dos competencias (lectura/escritura y matemáticas) es a las que prácticamente se reduce la educación primaria en Nueva Zelanda. A los niños, pues, les queda el resto de la tarde para o bien seguir leyendo o bien jugar con sus amigos o padres o bien practicar un deporte.

Tal vez nadie se haya dado cuenta todavía de que en nuestro país la famosa tarea se está convirtiendo en un cáncer que no sólo está acabando con la libertad verpertina de los niños mexicanos (que ya no tienen tiempo ni para hacerse del hábito lectivo) sino también con los padres de esos niños que se ven obligados a sentarse a la mesa con ellos para “arriarlos” en sus deberes escolares, a fin de que no terminen hasta las tantas de la madrugada.

No se me tome a broma, pero una verdadera Reforma Educativa debería empezar por pensar en aligerar las mochilas de los pobres niños que van a las primarias y secundarias con las espaldas doblegadas, luego aligerar los contenidos curriculares de sus libros de texto (el que mucho abarca poco aprieta, ya lo sabemos) y, por último, aligerar sus bellas tardes de infancia con menos tareas y mucho más esparcimiento.

Si es verdad que la infancia es destino, la Reforma Educativa no se puede permitir convertirse en una pesadilla para los millones de niños que acuden a la escuela diariamente.

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