La muerte de Javier Valdez

El asesinato del periodista y escritor Javier Valdez Cárdenas el pasado 15 de mayo marca un hito entre los crímenes contra periodistas en México.
No minimizo la muerte de otros periodistas, ni mucho menos, sobre todo de aquellos que cubrían el tema del crimen organizado, pero el caso de Valdez Cárdenas fue alejándose de la norma en la medida en que su voz crecía en libros de una importancia capital para entender este momento mexicano, esta fracción de la historia que en veinte, treinta o cincuenta años no tendrá mejores referentes para entenderla que los libros de un Valdez Cárdenas, o de un Sergio González Rodríguez, fallecido hace poco también, o incluso de la labor periodística (seria y valiente) que llevan a cabo Sanjuana Martínez, Diego Enrique Osorno, etcétera.

A Javier Valdez lo conocí en un viaje que hicimos a Gijón, para participar en la Semana Negra. Nos tocó compartir habitación de hotel y eso me permitió entrar en la personalidad penetrante de Javier, que no era muy expresivo sino más bien reconcentrado y agudo en la forma de mirar la realidad. Tuvimos oportunidad de hablar de México y coincidimos en que nos dolía más de lo normal su corrupción, su impunidad, su violencia.

Fundador del mítico semanario Ríodoce, la bibliografía sobre el narcotráfico de Valdez Cárdenas empezó a cubrir todos los ángulos de un fenómeno que se nos ha convertido a los mexicanos en la peor de nuestras pesadillas. En libros como Malayerba, Los morros del narco, Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco y Narcoperiodismo, el también corresponsal del periódico La Jornada en Culiacán dio cuenta fiel del horror que ha dejado el narcotráfico en su paso por la vida nacional, su relación con la clase política y la penetración que ha tenido en otros ámbitos oscuros de la sociedad. Ha dado cuenta también de los olvidados, de los marginados, de los que no tienen voz, para construirles una historia y no dejar que sean un simple número entre tanta mortandad.

La muerte de Javier Valdez nos ha hecho más vulnerables, pero también más fuertes. A quienes buscamos desvelar las mentiras y los crímenes del Estado y encontrar la verdad ya nos da miedo buscarla porque la verdad en nuestro país está llena de sangre y muerte, y no ofrece otro camino.
¿Hasta cuándo, yo me pregunto, la convertiremos en un verdadero lugar de encuentro con el futuro?
La muerte de Javier Valdez, por eso, al tiempo que duele, aterroriza, porque la ola imparable de la impunidad no parece detenerse, y está en todas partes, y a todos –en el momento menos esperado- puede arrastrarnos sin que nadie haga nada, nada, para impedirlo.

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