Juan Gabriel y Peña Nieto: extremos que no se tocan

Dos hechos cimbraron a nuestro país la semana pasada: el domingo 28 de agosto la sorpresiva muerte del cantautor Juan Gabriel y el miércoles 31 la insólita visita a México de Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos.

El primer hecho causó duelo nacional, por tratarse de una figura innegablemente entrañada en el corazón de los mexicanos, lo que ha sido comprobado con una cantidad considerable de reacciones de todo tipo, incluso aquella misma que le costó su cargo al director de TVUNAM, Nicolás Alvarado, a quien se le ocurrió criticar de forma despectiva al “Divo de Juárez”.

El segundo hecho causó una rabia generalizada, por, precisamente, haberse permitido que se pisoteara de tal modo la dignidad del pueblo mexicano, con la entrada triunfal a nuestro país de Donald Trump, quien ha sido cínico en sus declaraciones en contra de nuestros paisanos, incluidos los millones de inmigrantes que viven y trabajan en aquel país y para los cuales Trump tuvo sólo alusiones ofensivas.

Nadie sabe qué de bueno sacará nuestro país con la visita del racista Trump que no sea hacerle el caldo gordo al candidato republicano para aumentar su popularidad –como ya lo hizo- entre sus compatriotas, a quienes seguramente les dijo: “¿ya vieron que lo del muro se lo dije en su cara al presidente de México?”

Comparar a Juan Gabriel con Peña Nieto es, como ha quedado claro, un despropósito, pero en el gozne político actual el símil nos sirve para ver cómo Juan Gabriel, por ejemplo, con su muerte, aumentó desorbitadamente su popularidad (o mejor sería decir: no hizo sino confirmarla), mientras que, por su parte, la del presidente Peña Nieto cayó a niveles vergonzantes, sin que ya a estas alturas haya manera de volverla a poner en su sitio.

Pero ¿por qué esa popularidad de Juan Gabriel y esa impopularidad de Peña Nieto?, alguien se preguntará: porque Juan Gabriel dio mucho, dio siempre: grandes canciones, grandes interpretaciones, grandes letras que le salían de sus fibras más íntimas (en la que todos nos tocamos), mientras que Peña Nieto sólo nos ha quitado, nos ha robado el sueño de un país realmente distinto, nos ha mentido (con la Casa Blanca, con el departamento de Miami, con lo de su tesis de licenciatura), ha cometido probados actos de corrupción y ha llevado a nuestro país a la bancarrota moral y política.

El primero merece todo nuestro respeto y afecto, por tanto; el segundo, todo nuestro descrédito y condena.

Y si es cierto que a las palabras se las lleva el viento, ahí están los hechos, rebosantes y contundentes, para otorgarle a cada uno de ellos la gloria y el olvido que se merecen.

 

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