Jaulas

Yo no creo que nadie haya pasado indiferente a la crisis que están viviendo los inmigrantes niños en Estados Unidos. No creo tampoco que nadie se haya puesto en el lugar de la madre de aquella niña que, con un grito de desgarrado dolor , pedía que no la separaran de sus papás. Mucho menos creo que nadie piense en el terror diario que viven esos niños separados de sus padres, algunos de ellos ya violentados por parte de sus custodios, no especializados para atender este tipo de situaciones. Los que tenemos hijos podemos vivir en carne propia el dolor de una separación así, nos bastaría tan solo con imaginarla cerrando unos segundos los ojos: no hay palabras con qué nombrarla y nada la justifica, pareciera como si estuviéramos volviendo a los infiernos de la Alemania Nazi, esa que narra el propio Imre Kertesz, premio Nobel de Literatura, en su novela Sin destino, testimonio lastimoso de un niño que pasa por los campos de concentración, sufre lo inimaginable y sobrevive para contarlo.

Si bien lo que se ha hecho con estas familias es “legal”, y servirá como escarmiento para que nadie se atreva a entrar en el país de la forma correcta, está claro que no es para nada justo, pues con la aplicación de esta ley se están violando derechos fundamentales de los niños, entre ellos a tener la protección de una familia, es precisamente ese derecho a la protección lo que obliga a que se les provea de un entorno seguro.

Lamentablemente, frente a toda esta pesadilla ha sido muy triste ver (por tibia) la respuesta de las autoridades mexicanas sobre esta crisis tan terrible en términos migratorios, cuando es claro que se han cometido violaciones severas a la integridad de los niños, algunos de ellos mexicanos. No se ha visto tampoco un pronunciamiento significativo de gobiernos estatales y del sector privado y empresarial, aun cuando sepamos los riesgos que conlleva sentar un precedente como éste para la situación futura de las políticas migratorias de ese y cualquier otro país. Por fortuna, esta crisis tomó proporciones internacionales y fue tanta la indignación causada que ya el gobierno de Trump ha tenido que echar hacia atrás en su reprochable avanzada, aunque su respuesta no haya sido tan contundente como se esperaba.

Es cierto que una golondrina no hace verano, pero si cada ciudadano (ante situaciones como ésta) se solidariza y utiliza sus propios canales de comunicación (hoy una efectiva arma contra las iniquidades) para mostrar su indignación, mucho se logrará para el cambio de nuestro estado de cosas, sobre todo cuando se trate de evidentes injusticias que atentan contra las fibras más sensibles de la condición humana.

Una nota final: la situación de los niños inmigrantes debe ser suficiente (y bastante) para tomar conciencia del resto de los niños que habitan en nuestro país (inmigrantes o no), muchos de los cuales ven diariamente sus derechos fundamentales pisoteados: tienen que trabajar, viven sin familia, son discriminados, no cuentan con un sano desarrollo integral, tienen cancelada la educación, etcétera. Es decir: niños que viven en peores condiciones que las que están viviendo los niños inmigrantes, sólo que ellos lo padecen en silencio, su dolor es soterrado, nadie se enfrenta contra nadie por ellos. El reto, pues, es no olvidar que también nuestros niños mexicanos viven en jaulas, sólo que éstas son de aire.

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