Guillermo Ruelas Ocampo

En 1995 le sobrevino a mi humanidad un terremoto. Con 21 años y siendo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Colima tuve la osadía de “robarme” a una compañera de clase (un año menor que yo). Momentos difíciles pues yo ganaba poco en el Ministerio Público, donde me desempeñaba como Oficial Secretario, amaba más la poesía que el Derecho (como hasta ahora) y, además, llevaba sobre la espalda la enorme culpa de haber cometido un delito inaceptable, del que ahora, luego de veinte años con mi compañera de clase, creo que ya he sido indultado.

Para acabarla, bajé como diez kilos de peso y más bien parecía un espantajo entre los pasillos de la Facultad, que entonces estaba en el campus central. Ya que uno ve mejor el rostro de los solidarios cuando el mundo nos es adverso, yo recuerdo con nitidez el rostro de algunos maestros de la Facultad que siempre fueron una tabla de salvación en aquellos momentos funestos. Entre esos rostros destaca el del licenciado Guillermo Ruelas Ocampo, de quien, pese a mis tribulaciones y abstracciones de clase, nunca dejé de sentir un afecto especial.

Yo entonces no sabía que él sabía por todas las que puede pasar un muchacho que a los 21 años decide “robarse” a una (bella e inteligente) compañera de clase. Tan lo sabía el maestro Ruelas Ocampo, que un día tuvo el inolvidable detalle de pararse frente a toda la clase y de hablar (inmerecidamente) de mis cualidades intelectuales y de mi talento poético.

Lo he dicho inmerecidamente porque si bien es cierto que de entre todas las materias yo destacaba en la de Derecho Penal, yo entonces lo único que veía era un túnel negrísimo del que no encontraba la forma de salir. En cualquier caso, aquella tarde el maestro Ruelas Ocampo (como buen maestro que ha sido siempre) supo que lo que yo más necesitaba en ese momento no era saber las últimas reformas de la jurisprudencia penal sino, sobre todo, que yo valía algo en la vida, aunque en realidad no valiera nada.

Como uno es, lo comprendería muchos años después, lo que uno se cree de sí mismo, gracias a las palabras de Ruelas Ocampo no me faltó osadía para perseverar y concluir, con buen éxito, junto a mi compañera de clase y teniéndolo a él mismo como sinodal, nuestra carrera de Derecho, que no habría terminado (porque en más de una ocasión me planteé abandonarla) sin la ayuda de guías como él.

Me entero que mi maestro Ruelas Ocampo fue homenajeado recientemente por cumplir cincuenta años como catedrático de la Facultad de Derecho de nuestra máxima casa de estudios. Bien merecido homenaje.

Este es mi tributo.

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