Funcionarios colimenses insolentes

Cuando no se tiene la suficiente capacidad como para saber que el poder es efímero y que cualquier cargo de gobierno es transitorio, cuando esto se ignora o se obvia y se actúa, en consecuencia, como si la posición que se ostenta es vitalicia, entonces tenemos que preocuparnos todavía mucho más de lo que creemos de nuestros propios servidores públicos y del gobierno que representan.

Jamás diría que la juventud es un distintivo de la inmadurez ni que la vejez lo sea de la sabiduría, pero ser un verdadero hombre de estado requiere de grandes virtudes que están mucho más allá del compadrazgo, la circunstancia e, incluso, de nuestra propias capacidades, pues cuándo se ha visto que haya sido fácil dirigir a una comunidad de hombres, y menos cuando ésta atraviesa por una severa crisis de valores. Uno de los signos más evidentes de la política colimense actual fue haber permitido incursionar en el servicio público y político precisamente a dos generaciones antagónicas: por un lado a una generación de jóvenes (que ingresaron incluso al gabinete de Nacho Peralta y a otros gabinetes municipales) y, por otro, a una generación de viejos políticos que igualmente ocuparon posiciones importantes dentro de gabinete estatal y los municipales. Ni hace falta decir nombres porque la sociedad los tiene bien identificados.

Esta combinación anunciaba ese siempre vendible binomio de lo que llamamos “juventud y experiencia”. Es muy bueno, se decir, por ejemplo, que esté un Kristian Meiners, actual secretario de Administración, junto con un Arnoldo Ochoa, actual secretario de Gobierno, porque entonces se combina el binomio perfecto, “juventud y experiencia”, “arrojo y templanza”, etcétera. Lamentablemente, lo que hemos visto hasta hoy no ha sido sino un gobierno incapaz, incompetente y hasta insensible frente a los grandes males que nos aquejan a los colimenses: severa violencia (aunque los medios aliados al gobierno canturreen lo contrario), falta de empleo, impunidad y mucha mucha corrupción, tanta que podría escribirse hasta un libro entero. Y si a esto se le aúna la insolencia de los jóvenes servidores públicos y políticos (que parece que han superado a sus maestros) y la insolencia de los viejos que los enseñaron (hoy más innecesario que nunca), el paisaje se nos presenta desolador, muy desolador.

¿No saben estos jóvenes funcionarios que la armadura que sienten de hierro se les puede convertir en una pompa de jabón en cualquier momento? No, no lo saben, por eso, el mismo gobernador Nacho Peralta, que entra aún dentro de la categoría de “joven político”, ha cometido actos de corrupción que aunque haga pasar por legales, sabe que son totalmente injustos, como el mismo que lo involucra en la compra de La Campana, una sombra que lo perseguirá hasta el final de su mandato, pues –y ahí están los documentos, decires de los testigos y gente que vio de cerca las manos que agarraban dinero malhabido- con esa compra-venta no salió beneficiado el pueblo de Colima sino unos cuantos ávidos –incluido él- de poder y dinero, y de nada más.

Muy grande es, pues, la insolencia que afrenta la dignidad de un pueblo y se erige invulnerable a la vara de la justicia, que llega más temprano que tarde. Yo les digo a los jóvenes servidores públicos y políticos colimenses: más les vale que dignifiquen su labor porque siempre habrá una pluma que cuente sus rapacidades de tal modo que no puedan ni gozar de las mieles del dinero que se robaron. A los viejos, obviamente, les digo lo mismo.

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios