Fin de un sexenio: Mario Anguiano, balance

¿Es Mario Anguiano el peor gobernador de la historia política local, según lo ha venido promoviendo desde siempre “El Otro PRI? Mi respuesta es: no. En realidad, lo verdaderamente peor está por venir de llegar Nacho Peralta a la gubernatura.

Para este balance, un breve (pero no por ello sesudo) análisis tendría que empezar afirmando que la llegada al gobierno de Mario Anguiano significó la derrota evidente del fernandato (de donde emerge Nacho Peralta), un parteaguas político que cambió el curso de una forma de gobernar caciquil que no hizo sino concentrar el poder en unas cuantas manos, todas enriquecidas con el erario del pueblo. La llegada de Silverio Cavazos, primero, y de Mario Anguiano, después, daban fin a esta era de poder imperial que ya había causado serios estragos en el bienestar social colimense y en la salud de nuestra democracia. Mario Anguiano era (y lo sigue siendo) un hombre de pueblo, de origen humilde y trato sencillo.

Yo mismo pude constatar (en las pocas ocasiones que tuve la oportunidad de tratarlo de cerca) que no tenía los delirios de poder de otros gobernantes ni un hambre insaciable por ser lo que no era. Siempre permaneció el hombre de campo que fue, y tal vez fue esta personalidad (incompatible con el hombre urbano, un criollo más falso, traidor e insidioso) lo que ocasionó que se viera envuelto en encrucijadas en las que nunca imaginó estar.

Pero la llegada de Anguiano Moreno también significó el haber llevado sobre la espalda una considerable deuda que hacía difícil desarrollar políticas públicas importantes en beneficio de la población. Se le ha precisamente criticado, incluso,  no haber enjuiciado a los responsables de esta deuda que fue creciendo conforme pasaron los años, pese a los intentos de Anguiano Moreno de revertirla.

La clase política de las élites en Colima (que deriva principalmente de la gestión de Moreno Peña y ahora cae en Nacho Peralta) nunca perdonó que Silverio Cavazos, su antecesor, validara a un gobernante sin prosapia política y, por eso, desde el primer día de su gestión (y hasta el último, como se ve) se dedicaron a crear marejadas de odio en su contra, a fin de mermarle poder hasta conseguir destronarlo, como hoy puede constatarse. Sin embargo, durante su mandato, Anguiano Moreno trató de hacer con los pocos márgenes financieros que le quedaban  lo más posible, de manera que, sin dejar de atender las prioridades de toda administración estatal, se enfocó en un aspecto que había estado sensiblemente olvidado: las mejoras regulatorias, esto es, eficientar los procesos que el ciudadano requiere del Estado.

Fueron varios los reconocimientos que obtuvo el gobierno a nivel nacional e internacional debido a esto, e incluso en varios estados se aplicaron estos modelos diseñados en y desde Colima, pero, por supuesto, sus adversarios (la mayoría pertenecientes a su propio instituto político) se dedicaron a demeritarlos.

Sin embargo, el mayor punto de quiebre del gobierno anguianista se dio con la elección interna del candidato priista a la gubernatura. Este momento fue crucial para toda su gestión, pues traía de nuevo el viejo pleito con el fernandato o el “Otro PRI”, que impulsaba la candidatura del ahora ex gobernador electo Nacho Peralta, lo que contrariaba la postura de Mario Anguiano, quien decidió apoyar no a su candidato, como acusaron sus detractores, sino al candidato que tuviera más aceptación social y rentabilidad electoral, lo que recaía (según lo indicaron las encuestas de su momento) en la persona del ahora líder estatal priista Federico Rangel Lozano. Una decisión autoritaria (venida de Los Pinos) designó a Nacho Peralta y, con esta decisión, empezó en realidad la caída del régimen anguianista, que fue injustamente responsabilizado de toda la derrota priista en las elecciones.

Si bien Anguiano Moreno no tenía mucho margen de maniobra política para salir ileso de la imposición presidencial (que se equivocó al imponer a su candidato, lo que los obligó a cometer el fraude electoral que ahora ha confirmado el Tribunal Federal Electoral con la anulación), su mayor error (en gran parte orillado por esas circunstancias que no supo redirigir) fue haber puesto o haber permitido que se pusieran los recursos (humanos y económicos) del Estado al servicio de la campaña de  Nacho Peralta, lo que dejó aún más enflaquecido el erario público y propició el recrudecimiento de la crisis financiera que lo llevó, primero, a pedir el millonario empréstito y, después, a sufrir las consecuencias del linchamiento popular, que prácticamente dilapidó en tres días los logros (que no fueron pocos) de sus seis años de gestión.

Si ya Anguiano Moreno sabía que su administración iba a terminar de mala manera (pues el candidato priista a la gubernatura y el grupo político al que éste pertenecía le había sido adverso y apoyarlo o no apoyarlo igual de adverso le resultaría, y ahí está ahora el deslindamiento público del propio Nacho Peralta), una decisión inteligente y un mal menor para el juicio popular (que no supieron aconsejarle sus hombres cercanos) habría sido no poner al Estado al servicio de la campaña de Nacho Peralta, no intervenir en el proceso electoral y, por último, hablar, desde un principio, con absoluta claridad de la situación financiera que guardaba su administración.

Lo que sí es cierto es que el gobernador Anguiano Moreno debió haber extremado el principio de neutralidad, aunque esto mismo llevara a la derrota a un candidato (Nacho Peralta) que nunca tuvo ni rentabilidad electoral ni, mucho menos, aceptación social. La historia de Mario Anguiano habría sido completamente otra si se hubiera ungido como candidato a Federico Rangel Lozano, quien aún hoy, y pese al mal trato que ha recibido por parte del Otro PRI, sigue conservando intacta su honorabilidad y aceptación social.

Sólo resta decir, pues, luego de este sumarísimo balance, que pese al atentado sufrido contra el ex gobernador Moreno Peña (la cereza del pastel de este sexenio), Anguiano Moreno no es el peor gobernante que ha tenido Colima (como lo quieren ver sus rivales ansiosos de venganza y muchos de sus colaboradores que hoy lo han dejado solo), sino, simplemente, un gobernante que, como sucede en toda guerra, una combinación de errores de estrategia, autoritarismo presidencial y malas celadas del azar lo llevaron a perder su último combate contra su peor enemigo: su propio partido político.

Y tal parece que esta derrota, lamentablemente, es la que quedará en la memoria de los colimenses.

 

 

 

 

 

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