Facultad de Letras y Comunicación: ¿nuevo modelo?

La Facultad de Letras y Comunicación está viva y, además, está vivaz. De larga tradición en su vocación formadora, de la que han egresado incluso políticos hoy de relevancia en nuestra entidad, la Facultad es un cónclave importante para la tarea ciudadana: de ahí emergen (o tienen que emerger) los profesionales que después van a cumplir, con vocación siempre universitaria, una función pública de resonancia en todos los niveles del quehacer público.

Importantes comunicólogos y periodistas, catedráticos, escritores y poetas, de todo un poco ha egresado de sus aulas. No creo que su trascendencia sea de corto alcance, sino al contrario: la considero en este momento capital para las diversas crisis por las que atraviesa nuestra sociedad. Sin embargo, creo que la forma en la que está actualmente diseñado su currículo no es el adecuado para obtener del mismo un perfil de egresado que pueda capitalizar en la vida real todo el conocimiento y potencial adquirido en las aulas. Mi principal posición radica en su división por licenciaturas, que son cuatro: Periodismo, Lingüística, Letras y Comunicación.

Si bien el enfoque puede resultar atractivo si tomamos en cuenta que se inculca su especialización, yo creo que para este nivel de adquisición del conocimiento (que se vierte entre estudiantes de 18 a 22 años), lo más apropiado es crear vasos comunicantes entre las diversas disciplinas del saber, para con ello aspirar a una formación integradora, de otra forma se llega a afectar, como en este caso, hasta  aspectos relacionados con su perfil laboral: ¿no será más fácil que un estudiante encuentre empleo si cuenta con una formación en periodismo, lingüística, letras y comunicación, que si la tiene sólo en una de las áreas? O de otra forma: ¿no podríamos, a esta temprana edad, apuntalar mejor las vocaciones si se les muestra un panorama más amplio que si se les reduce el campo de conocimiento a un área específica?

Todos los ámbitos del saber se relacionan (caben dentro del ámbito de las humanidades), así que alentarlos de forma conjunta desembocarían en más fortalezas que debilidades, además de que se podrían potenciar zonas del conocimiento del estudiante para las que tal vez él mismo (el estudiante) no se sentía apto o predispuesto. De más está decir que hay personas que vienen encontrando su verdadera vocación cuando precisamente han terminado la carrera que tal vez nunca debieron empezar.

No siempre volver atrás es retroceder. A veces, aunque parezca una paradoja, retroceder es avanzar. Sería bueno que los profesores de la Facultad de Letras y Comunicación crearán un espacio de reflexión a este respecto, analizando, como debe de hacerse siempre, el asunto desde todos los ángulos, ponderando sus ventajas y desventajas, pero siempre pensando en lo que sea mejor no para un profesor u otro, o para un grupo de profesores u otros, sino pensando en quienes le dan razón y sentido a toda universidad: sus estudiantes. Estoy convencido de que algo productivo saldrá de tan loable ejercicio.

 

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