El Comentario

La primera edición del El Comentario, periódico de nuestra máxima casa de estudios, fue el 20 de junio de 1974. Yo tenía poco más de dos meses de nacido. Surgió como un semanario y se lanzó, en un principio, con fines eminentemente políticos: sirvió como trinchera para defenderse de los embates del gobernador priista de entonces, mi tío-abuelo Arturo Noriega Pizano, abuelo de mi querido primo Andrés García Noriega, quien fuera panista y hoy ha vuelto a las filas priistas a las que perteneciera su abuelo vía el virtual ganador de la gubernatura Nacho Peralta.

Quien operó aquella avanzada fue el ex rector Humberto Silva Ochoa, fallecido el año pasado. El objetivo principal era defender la autonomía universitaria. Aunque sabemos que la defensa de la autonomía universitaria ha sido a veces el pretexto para defender en realidad intereses de poder personales o de grupo, tal vez sea ésta la etapa más politizada de El Comentario, pues aún no pasaba a ser parte de nuestra alma máter, donde llegaría a institucionalizarse y, con ello, a perfilar sus fines periodísticos de forma más acorde a la labor universitaria, concretamente atendiendo las necesidades de la hoy Facultad de Letras y Comunicación.

El Comentario ha sido en los últimos años el taller donde los estudiantes de periodismo conocen de cerca los procesos de producción de ese género comunicacional, sin dejar de difundir las labores de nuestra casa de estudios, ser un espacio noticioso compacto de lo que pasa a nivel local, nacional e internacional y, además, darle voz a un número heterogéneo (y por eso rico) de columnistas que tocan temas de interés desde diferentes perspectivas. Salvo un breve periodo de ausencia, yo tengo ya colaborando semanalmente para El Comentario quince años, primero con mi columna “Minuciario”, luego con “Al vuelo” y poco después con estos “Paracaídas”.

Lo dije hace un par de años y lo vuelvo a repetir:El Comentario necesita un espacio personal, un rediseño de su versión digital y, por supuesto, una mayor y constante actividad en las redes sociales, donde apenas se atisba. Requiere, además, seguir consolidando su pluralidad en su sección de opinión y, sin perder la compostura, pues nunca será eximido de ser la voz de toda una institución educativa (la más importante del estado), ser editorialmente más crítico, sin ser inoportuno.

Me gustaría (y eso es un deseo personal, casi íntimo) ver más columnas de jóvenes estudiantes de la Facultad de Periodismo, o de Letras, o de Ciencia Política, incluso de Derecho o Medicina, no esporádicas sino periódicas, para saber (es una curiosidad que me impaciente) qué piensa la juventud, cómo mira su realidad y reflexiona sobre ella, cómo la cuestiona o interpela, de qué forma la vive. También, debo confesarlo, para saber qué tanta distancia existe entre esos jóvenes que pertenecen a mi cartografía emocional, social, política, y yo. Tengo una cosa clara: El Comentario es ahora un órgano imprescindible para nuestra casa de estudios y, por tanto, deben ya quitársele las piernas, ponerle alas y echarlo a volar.

 

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