El beneficio de ser universitario

Pese a las tribulaciones financieras por las que ha atravesado nuestra alma máter, en gran medida debido al poco interés que tienen los gobiernos por la educación, nuestra casa de estudios solventa políticas que son plausibles porque precisamente tienen como principal fin el beneficio de nuestra comunidad universitaria.

Seguramente muchos universitarios ya no las aprecian, pues la costumbre o el desconocimiento del funcionamiento de otros sistemas universitarios nacionales o extranjeros les impiden esta valoración, pero quienes tenemos la fortuna de poder hacer el debido contraste con otras universidades lo menos que podemos hacer es ponderar estas, ya lo dije, benéficas políticas.

Me refiero, por ejemplo, a la oportunidad que le brinda la institución a los hijos de los trabajadores y a los trabajadores mismos de tomar talleres, cursos, seminarios y de más clases de carácter deportivo, artístico, científico o académico a un bajo costo o incluso gratuitas, lo que, por ejemplo, no se ve en otras instituciones, en las cuales este tipo de concesiones son prácticamente nulas o en extremo misérrimas.

Y no es solo el hecho de que uno, por ser universitario, se ahorre el 50% o 100% por cierto de los aranceles de tal o cual taller para los hijos (los míos han tomado natación, guitarra, pintura, etcétera), no, es el simple hecho mismo de que estar entregado a la tarea universitaria y ser parte inherente de la misma te otorga prerrogativas (las emocionales son las mejores) que otros no tienen, sin que esto implique (¡por Dios!) excluir a nadie, porque la universidad -ya lo sabemos- somos todos. Saber que la institución a la que sirves te devuelve esa entrega es, más que un acto de justicia retributiva, una manifestación de sensibilidad y humanismo, un acto de noble agradecimiento.

Este simple hecho, aunque no lo parezca, al tiempo que nos enorgullece nos compromete y nos une, esto es, nos da identidad. Si es cierto que para tener más hay que dar más, nuestra casa de estudios con esta política y otras similares no errará nunca, y menos ahora que los tiempos por venir imponen que trabajemos bajo el impulso de un mismo objetivo y, siempre, hacia una misma dirección.

 

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