El ascenso de Nacho Peralta y la caída del PRI

Las elecciones extraordinarias terminaron con un hecho simbólico: la muerte de un chofer panista a manos de una turba priista. Nada mejor nos muestra el rumbo que ha decidido tomar la política local: el de la sangre.

Desde ya hace varios sexenios el priismo local no tuvo más remedio que adoptar la vía de la violencia para poder retener el poder, porque de otra forma era imposible su permanencia en el mismo. Lo vimos claramente en la elección ordinaria: se confiaron ante su oponente panista, el aguerrido Jorge Luis Preciado, quien fue la punta de lanza del resto de los candidatos albiazules a puesto de elección popular, y el PRI casi se queda encuerado: perdió el Congreso local, perdió ocho de diez municipios y perdió la gubernatura, que pudo recuperar gracias a un fraude electoral.

En la elección extraordinaria las cosas fueron diferentes: el PRI dictatorial, el PRI violento y sanguinario, vino desde el centro de nuestro gobierno federal para, de forma aplastantemente chapucera, arrebatarle por la mala (por la juerza, como dice la famosa “Chacha Micaila”) lo que el panista Jorge Luis Preciado se había ganado a punta de carisma y popularidad.

La guerra sucia implementada en contra del panista Preciado Rodríguez y la comparsa que significó el candidato de Movimiento Ciudadano, Locho Morán, para dividir el voto, no son en realidad más que parte de la gran maquinaria utilizada por el gobierno federal (carretadas y carretadas de dineros incluido) para conseguir que esta elección fuera ganada por un candidato que desde la elección ordinaria no consiguió aventajar a su oponente panista.

En el uno a uno, ya lo sabemos, Preciado Rodríguez siempre venció a Nacho Peralta: en la ordinaria por más de quince mil votos y en la extraordinaria por más de diecisiete mil. De no ser por las alianzas perversas unidas al PRI y las divisiones finamente orquestadas en contra del PAN, Colima habría tenido sin duda, como se lo merecía, la tan ansiada alternancia política, pues fueron más de 150 mil votantes (contra los 118 mil que obtuvo el PRI) los que no vieron en Nacho Peralta al candidato idóneo para gobernar nuestro pequeño (pero estratégico) estado.

Si bien Locho Morán resultó ser la vergüenza mayor en estas elecciones extraordinarias, Nacho Peralta se convirtió en el gran perdedor de esta contienda, que, aunque ya próximo a ser ungido gobernador, lo hace llegar socialmente deslegitimado y con un profundo vacío en cuanto a aceptación social, pues tuvieron que comprar miles de votos para asegurarle su triunfo, un triunfo que su propio carisma y liderazgo, más el desprestigio priista, le negó.

La caída del PRI en nuestro estado es evidente y su proyecto político (muerto ya) sólo puede resucitar de hacer Nacho Peralta un papel ejemplar como gobernante, no por el bien de quienes lo siguen, apoyaron, vitorearon o votaron por él, sino por el bien de todos aquellos que le fueron genuinamente adversos. Un buen gabinete, con rostros nuevos, con credenciales de probada rectitud y honestidad, con una ética a prueba de balas, es el primer gran mensaje que debe dar a una población incrédula de que el grupo político que llegará próximamente al poder será diferente a lo que ya padecieron los colimenses durante décadas de priismo fallido.

En cuatro rubros no debe equivocarse: finanzas, seguridad, salud y educación, áreas que urge poner en un derrotero firme y seguro, si no queremos que el barco (como el de Peña Nieto) se hunda apenas soltar sus amarras.

 

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