Dr. Christian Torres Ortiz Ocampo, un homenaje

Los homenajes en vida suelen ser acontecimientos raros y a destiempo. Se homenajean vidas concluidas, no todavía dinámicas. Aunque cada vez son más frecuentes, los homenajes en vida no dejan de parecernos imprudentes y hasta poco sensatos, sobre todo por las envidias y celos que despiertan. Aun así, yo creo que los homenajes son necesarios en tanto estimulan trayectorias, reafirman vocaciones y, lo más importante, reconocen todo el esfuerzo y la dedicación que hay detrás (o debajo, sosteniéndola) de una vida exitosa. En el último año yo he visto a no menos de diez doctores, sólo por dar un número no alarmante, doctores jóvenes y doctores no tan jóvenes, vi de todo y de todo sufrí también, en especial intranquilidad, desasosiego e incluso turbación por no saber muy bien en qué se había convertido (en muchos casos) el oficio médico. Iba con el doctor para recuperar la calma y regresaba de con el doctor más intranquilo. Pero como la esperanza es lo último que muere y el hombre está hecho para luchar por su sobrevivencia, un día me vi escribiéndole a mi querido amigo Christian Torres Ortiz Zermeño para pedirle el contacto del consultorio de su papá, el Dr. Christian Torres Ortiz Ocampo. En un gesto por demás amable, mi amigo Christian me dio la información de inmediato. Aparté una cita y acudí a ella con puntualidad. El Dr. Torres Ortiz Ocampo, cirujano coloproctólogo con una trayectoria de casi 40 años tanto en el sector público como privado, además de catedrático de nuestra casa de estudios desde 1979 (dando actualmente la materia de coloproctología),  me recibió en su consultorio y luego de tomarme mis generales y hacerme las preguntas médicas introductorias, me pidió que le dijera qué me había traído por ahí. Le expliqué en tres minutos (o creo que en un poco más) y, luego de escucharme con atención y de revisarme, el Dr. Torrez Ortiz me empezó a dar lo que se llama una cátedra sobre la causa de mis afecciones, sobre mis afecciones mismas y sobre lo que haría para remediarlas. Cuando digo cátedra no sólo me refiero al conocimiento del Dr. Torres Ortiz sobre mi padecimiento, no, también me estoy refiriendo a la convicción con que me lo decía, al tiempo que se daba para decírmelo, al trato que me daba mientras me lo decía y a la certidumbre que mostraba al decírmelo. El Dr. Torres Ortiz estaba rompiendo todos los paradigmas negativos que la visita de tantos médicos me había impuesto. Contrario a los demás, el Dr Torres Ortiz sí escuchaba, sí explicaba, sí diagnosticaba y sí era inquebrantable a la hora de generar confianza. Hubo oportunidad, luego de concluir la consulta, de hablar de asuntos más personales, entre ellos su pasión por la medicina. En realidad ni siquiera tiene que decirlo, se le nota al solo verle cómo se le dilatan las pupilas y se le exaltan las nervaduras de al manos al hablar de sus estudiantes destacados, de pacientes a los que les salvó la vida, de su compromiso irrestricto con su profesión, de sus proyectos hospitalarios. “Si yo volviera a nacer, volvería a ser médico”, dijo el Dr. Torres Ortiz, y se le notaba la urgencia de volver a nacer y la enorme pena de tener que dejar, contra su voluntad, de ejercer su profesión algún día. No sé cuánto tiempo duró la consulta (en algún momento fue lo de menos), pero salí de ahí renovado, con un diagnóstico esperanzador y con el convencimiento de que para ser un excelente médico (como lo es el Dr. Torres Ortiz) es conditio sine qua non ser primero un gran ser humano.

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios