Desayunar, comer y cenar violencia en Colima

Por sus dimensiones, Colima podría ser una ciudad modélica. Sin embargo, no lo es. Aquella falsa idea de que vivíamos en el estado más seguro y pacífico del país ha venido siendo socavada por una realidad, la actual, que se nos impone cruda y sangrienta, una violencia excesiva que no parece detenerla nadie.

Las dos causas principales de esta agria realidad son, paradójicamente, indisolubles: la desbordada corrupción de nuestros gobiernos y clase política, por un lado, y la deficiente y precaria educación, por otro. Ambas subyugadas por un sistema en donde no impera sino la ley del más fuerte, jamás la fuerza de la ley, y en donde nuestro estado de Derecho está subordinado siempre al poder político (y ahí está el reciente caso de los Porkys), en lugar de serlo a la inversa. Acabar con la corrupción de Colima significaría, básicamente, pulverizar los privilegios de una élite (política, social, incluso cultural) que de dientes para afuera habla del bienestar para todos, pero de dientes hacia adentro sólo piensa en su propio bienestar, cada vez más insaciable.

Acabar con la deficiente y precaria educación significaría, por el contrario, convencernos de verdad de que una sociedad crítica, bien formada y altamente civilizada no significa un peligro para el progreso social, incluido el de las clases privilegiadas, sino todo lo contrario. La reforma educativa en México no fracasará, por cierto, por falta de infraestructura en las escuelas, ni siquiera por falta de voluntad o preparación del magisterio y sus líderes, fracasará, en realidad, porque en el fondo las clases privilegiadas que gobiernan tienen terror de que se les acaben todos sus privilegios: dinero, propiedades, deseos cada vez más insaciables de riqueza, y ahí está como muestra el propio gobernador Nacho Peralta, que nos ha dado cátedra en la adquisición de bienes en apenas el primer año de su gestión.

Alta corrupción y baja educación, bombas que ya están estallándonos en las manos, han llevado a nuestra entidad a la barbarie, y no sólo por los crímenes dolosos que se suceden a diario (un comando armado acaba de matar a un niño de cuatro años en Tecomán, por Dios), sino también por la forma en que la violencia ha penetrado en todos los rincones de nuestro tejido social: en la calle, en la tele, entre los vecinos, en los centros de trabajo, en nuestras casas, en las escuelas. Todo lo queremos arreglar a golpes, a balazos o a gritos quizá porque ya sabemos que es la única forma, en un estado sin ley, de solucionar nuestras controversias personales. Qué lamentable y triste: desayunamos, pues, comemos y cenamos violencia, y no parece que haya nadie, nadie, que esté dispuesto a poner un alto a esa destrucción de nuestro tejido social.

Este es un año electoral y así es como deben entenderse todos los movimientos políticos, todos los apoyos gubernamentales y todos los discursos de nuestra clase gobernante, esto es, así  debe entenderse, lamentablemente, la venida de Osorio Chong, que no hará nada por nuestra seguridad, la renuncia de Indira Vizcaíno, que no verá más que por su propio futuro político (y no, como ella dice, por el de los colimenses), y el mensaje del gobernador Nacho Peralta de que castigaría a los funcionarios que hicieran proselitismo, cuando él mismo anda quedando bien en actos proselitistas en los estados donde habrá elecciones.

Pero cuándo van a trabajar realmente por acabar con esta violencia atroz que vivimos los colimenses, ¿creen que nos los alcanzará nunca? De seguir así, nadie (así traigan diez guaruras custodiándolos) podrá librarse de ella, tarde o temprano.

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