De qué escribo cuando escribo de leer a Murakami

Me gustan las memorias, las autobiografías, los diarios de viaje, los simples diarios, los cuadernos de notas de los escritores, las compilaciones de aforismos o ideas al paso. A lo largo de los años he leído grandes libros de este género que me absorbe las madrugadas, que es cuando los leo, o las mañanas muy temprano, e incluso tengo ya un librero destinado a esta clase de literatura, el cual está conformado –escribo de memoria- por algunos bellos hechos de vida y pensamientos de Benjamin Franklin, Canetti, Julio Ramón Ribeyro, Pessoa, etcétera. Los pasajes íntimos de sus autobiografías, memorias o cuadernos de notas me alientan, la mayoría de las veces, en una carrera (la de escritor) que, para los que saben, no es nada fácil, está llena de contrariedades y, en ocasiones, de fatalidades, se respeta poco y se vitupera más, exige mucho y es muy celosa de sus propias obsesiones, así que el desasosiego logro paliarlo cuando me encuentro con libros en donde los escritores hablan de su propio oficio, de la forma en que se convirtieron en escritores y de cómo hacen para sobrellevar eso.

El otro día, por ejemplo, encontré en Sanborns de Zentralia un libro que andaba buscando desesperadamente, o un libro que me andaba buscando desesperadamente a mí: “De qué hablo cuando hablo de escribir”, de Haruki Murakami, escritor japonés. Ignoro las razones por las cuales tenía ganas de leerlo, pero eran como un imán hacia el libro, y finalmente lo compré. Lo leí en dos días. Un libro realmente sabroso, es la única palabra que se me ocurre para describirlo. No tenía ganas de terminarlo. Habría querido leerlo por siempre, en serio. Es más: lo terminé en medio de una larga lectura que estoy haciendo de Shakespeare, y no me han dado ganas de volver a Shakespeare todavía, del arrebato que sigo sintiendo. Muchas cosas me absorbieron de la vida de Murakami más allá de su estilo personal que tiene para narrar y evocar los hechos más importantes de su vida, pero me quedé con una que me parece crucial para todo aquel que piense dedicarse a escribir.

Murakami habla de tres aspectos que son esenciales para llegar a hacer algo con este oficio: el primero es el talento que ya se trae al nacer, el segundo es la suerte (esos milagros cotidianos que nos ponen, para bien, en el lugar y la hora precisos) y el tercero (y para mí no menos importante) la persistencia, que, en más de un sentido, ayudan a forjar el talento y a atraer la buena suerte, de ahí su trascendencia. Murakami ofrece consejos prácticos a los escritores y no repara en meterlos a su propia cocina literaria e indicarles sus fuentes, sus tips, y hasta sus secretos, supongo que porque Murakami sabe que ningún escritor es igual a otro y uno sólo puede imitar de los otros lo general, jamás lo sustancial.

De cualquier modo, yo creo que De qué hablo cuando hablo de escribir es un libro esencial y entrañable, abre rutas en aquellos caminos que creíamos cancelados, se solidariza con quienes hemos buscado hacer una obra valedera y duradera, algo que no sólo sea leal a nosotros mismos sino un espejo de los demás, tal como poco a poco consiguió hacerlo Murakami, un escritor imprescindible de nuestra narrativa contemporánea.

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