Basta un punto de apoyo: la labor humanista de nuestra universidad

Yo tengo ahora la certeza de que si no hubiera tenido en mi vida (o en las diferentes etapas de mi vida) un punto de apoyo, la propia vida (más dura en nuestro país que en otros) me habría socavado. Ciertas personas en ciertos momentos de mi vida (recuerdo, por ejemplo, a mi propia comadre Genoveva Amador, ella sabe a lo que me refiero) devinieron en el instante exacto en puntos de apoyo para que yo no perdiera literalmente la cabeza: para que no me abismara.

La crudeza de nuestra actual realidad no ha impedido todavía que nazcan y crezcan en ella personas ultrasensibles que requieren ese punto de apoyo que a veces nuestra falta de sensibilidad les niega. Un punto de apoyo no siempre significa dinero, por Dios, no, al contrario, la mayoría de las veces significa solidaridad, compasión, quitarnos un poco de nuestro tiempo, echar por la borda nuestro narcisismo, establecer un lazo, todo eso que en estos tiempos aciagos empieza a brillar por su ausencia, cuando en realidad debería de ser a la inversa: florecer más, más reproducirse. Un caso concreto ha convocado, pues, estas palabras: el de un niño cuyo caso, gracias a la labor magisterial de mi mujer, conocí de cerca el otro día. Lo consabido: un niño muy humilde, notablemente inteligente, pero sobre todo con una hipersensibilidad que lo ha llevado a padecer seriamente un trastorno de ansiedad que, en gran medida, tiene su origen en las calamidades familiares que vive cotidianamente: “en realidad, señor, me dijo, no sé cómo hacen mis papás para darnos de comer…”.

Su caso me golpeó en lo profundo y más cuando conversé de cerca con él, lo vi a los ojos, sentí lo que sentía por un momento. ¿En cuántos cruces de calle nuestras vidas no se habían encontrado ya? El niño quería entrar al bachillerato pero no tenía ni para el examen de admisión. Buscaba desesperadamente una puerta que se le abriera sin necesidad de echarle las consabidas monedas. Aunque no me gusta molestar a nadie y suelo evitar pedir favores a menos que se trate de algo que realmente lo amerite, me comuniqué algunas personas relacionadas con Educación Media Superior de nuestra casa de estudios. Les conté sucintamente del asunto y a la brevedad tuve una respuesta afable y atenta de su parte, tanto que ayer mismo una de ellas nos recibió en su oficina, analizó el caso con la debida sensibilidad y acordamos que se buscarían las vías correspondientes para que el niño no tuviera más obstáculos que los que él mismo se impusiera.

Salí de la oficina realmente agradecido, no sólo por la respuesta recibida, tampoco por lo conseguido con esa entrevista, sino porque es bueno saber que la labor humanista de nuestra universidad es fundamental para que los embates de la cruda realidad que vivimos no terminen por desgarrar sus ángulos más endebles: esos jóvenes que no necesitan más que un punto de apoyo para poder forjarse un porvenir menos desdichado. Lo más importante es, pues, no creer que ya todo está perdido. No es cierto: todavía hay lugar –y mucho- para la solidaridad, la compasión, el amor, la generosidad. Hay que practicarlas diariamente.

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