Ángel Ramírez López, enseñar a vivir

En casa todavía conservamos la religiosa costumbre de conversar a la hora de la comida sobre lo que nos sucedió en el trabajo o la escuela. Habla primero mi hija, de la primaria. Luego habla mi hijo, de la preparatoria. Mi mujer, sobre su trabajo. Yo, sobre lo mío. El ritual se repite cada día, todos los días. En los últimos días mi hijo ha estado contándonos sobre lo que pasa en su salón de clases, con sus maestros, particularmente uno: Ángel Ramírez López, profesor ya de larga trayectoria que, además, ha ejercido el periodismo breve (pero punzante) en su columna Brasas, publicada en este mismo periódico. Mi hijo cursa el tercer año de preparatoria en el Bachillerato 1 de nuestra querida institución, y el maestro Ramírez López le da la materia Taller de expresión oral y escrita. Desde el primer día, mi hijo tomó nota puntual de la genuinidad de las clases del maestro Ángel Ramírez, particularidad que no tenía mucho que ver con lo pedagógico (lo pedagógico era su virtud implícita) sino con  un bagaje de enseñanzas vitales, muy experienciales, que el maestro va intercalando en su instrucción consuetudinaria, como la clásica propedéutica que antecede a los grandes conocimientos. Las enseñanzas del maestro (según lo relata mi hijo) se salen del aula (generalmente por la ventana, permítaseme esta metáfora) para ir a dar a la calle, que es donde finalmente tienen que aplicarse. No me voy a detener aquí en contar cada una de estas enseñanzas (la mayoría envueltas en la forma de una anécdota o una remembranza), pero sí en una que me pareció plausible y que conmovió a mi hijo: el maestro les dijo que había que hacerle la vida más fácil a las demás personas, y que debíamos siempre levantarnos con ese propósito. Él, por ejemplo, siempre reservaba ocho pesos exactos para dárselos al vendedor de periódicos, quien no tenía así que hacer malabares para darle el cambio. En cambio a otras personas -les dijo el maestro- se les ocurre pagarles con un billete de 200 pesos, ¡¿se imaginan?! Y, al decirlo, el maestro mismo hizo malabares con las manos para mostrar lo insufrible que debe ser para el vendedor de periódicos acabalar el cambio. A mi hijo este ejemplo le causó una grata impresión y no tanto por la sensibilidad mostrada por el maestro hacia el vendedor de periódicos, sino porque con él se nos estaba enseñando un aspecto vital para nuestra vida actual: la conciencia social, gracias a la cual las sociedades no terminan yéndose de bruces por el despeñadero. He tenido que hacer esta breve digresión sólo para mostrar, mediante un ejemplo en apariencia insignificante, que todavía hay maestros que, pese a los años de dar clases, no pierden la esencia de la labor magisterial: enseñar a vivir. Porque, como lo dijo el gran pedagogo John Dewey, “la educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma”. Celebro haber conservado hasta hoy la religiosa costumbre de conversar a la hora de la comida con mi mujer y con mis hijos, de otra forma -al no enterarme de estas gratas noticias- mi vida habría sido más pobre. Ojalá que duren.

 

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