Activación física universitaria

El pasado viernes deambulaba por el complejo administrativo y financiero universitario cuando escuché que de su enorme acceso emergía una música de cumbia. Me llamó la atención el ritmo estridente y la voz de alguien dando órdenes a través de un altavoz. No pude evitar meter medio cuerpo para enterarme de qué se trataba. Lo que vi fue, en medio del bello recinto (que no conocía antes), a un nutrido número de universitarios (secretarias, administrativos, asistentes, etcétera) bailando al son de un sabroso reguetón, guiados por un instructor entusiasta. Entré y me recargué un instante en uno de sus pilares, luego de saludar a Carlos Hernández, un viejo amigo de la primaria, que resultó ser subdirector de Cultura Física y Deporte de nuestra alma máter. Aprovechando el reencuentro, le pregunté de qué se trataba toda esa algarabía y me explicó, brevemente, que lo que estaba viendo era parte del programa de activación física que desde hace tres años lleva a cabo la Dirección de Cultura Física y Deporte en coordinación con el Centro de Desarrollo de la Familia Universitaria (Cedefu) como parte del Programa Institucional de Calidad de Vida que se ofrece a todos los universitarios. Esto es que, básicamente, las clases de zumba (que duran de 30 a 50 minutos y que en el campus central se llevan a cabo todos los viernes del año) tienen como objetivo que todo el personal universitario (de Colima, Tecomán, Manzanillo) pueda gozar de esta ejercitación dentro de su mismo horario laboral con los beneficios para la salud física (y mental) que esto conlleva. Estuve todavía viendo unos minutos a los compañeros universitarios bailar (algunas caras conocidas, otras no tanto), y cuando me retiré del recinto y avancé algunos metros hacia el estacionamiento, caí en la cuenta de algo que me pareció no menos importante que el movimiento acompasado de sus piernas, manos, hombros y caderas: la oportunidad de tener un espacio y un tiempo para socializar e interactuar con otros compañeros universitarios de una forma distinta a la que uno realiza cuando desempeña sus labores de oficina. No me lo crea nadie, pero esta forma de socializar (a través de la música, a través de las sonrisas, a través incluso de los gritos) no la vi nunca yo en Nueva Zelanda, una sociedad más bien taciturna y flemática, además de (dicho sea con todo respeto) arrítmica. Y es que fueron las sonrisas de los compañeros universitarios, y la algarabía que generaban mientras bailaban, lo que me llenó el pecho de una felicidad inédita, tanta que estuve tentado a dar la media vuelta para fundirme en el guateque. No debemos perder de vista que este programa de activación física lleva escondido un propósito más hondo: estrechar los lazos humanos (sentimentales, emocionales) de la familia universitaria. Ponerles, pues, una gran sonrisa en la boca y un corazón en las manos. De esta forma nuestra comunidad trabajará más vitalmente, sin duda, se relacionará mejor entre sí y rendirá mejor frutos laborales, para bien de la institución y, lo que es aún mejor, de la sociedad a la que se debe. Deseo, pues, larga vida, crecimiento y consolidación a este programa toral de nuestra casa de estudios.

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