Weber y el verdadero líder político

En 1919 el filósofo alemán Max Weber dio dos conferencias que causaron gran impacto en las ideas políticas de la época. Una de ellas la tituló “La política como vocación”, que, junto a “La ciencia como vocación”, sería compilada en su libro El político y el científico. En “La política como vocación”, Weber diserta, entre otras muchas cosas (entre ellas el ser mismo del Estado), sobre lo que debe y no debe ser un político y sobre lo que constituye un verdadero liderazgo social e ideológico. Luego de reflexionar sobre las diferencias que existen entre el estudioso de la política (su filósofo y teórico) y el político en sí mismo, Weber distingue, básicamente, entre los políticos que viven “de” la política y los políticos que viven “para” la política, categoría que también podría aplicarse a otras profesiones, incluido el oficio literario. Para Weber hay un abismo entre estas dos vocaciones, que ya para entonces (el mundo de entreguerras) estaban en crisis y, por ese motivo, no se sabía muy bien cuál debería ser la función real de un líder de Estado. Sin embargo, más allá incluso de la costumbre y de la ley, está aquel político que cuenta con una virtud imbatible: el carisma. Para Weber, el carisma es la virtud esencial de todo verdadero líder político, eso que lo convertirá (si no se cuidan las fronteras) en un caudillo. La base del carisma es la confianza y la credibilidad, escribe Weber, que sobrepasa cualquier otro don. Si el pueblo no siente confianza por ese político, la carrera de ese político se irá de bruces. El carisma natural de los caudillos, ya lo sabemos, ha llevado a pueblos a cometer grandes crímenes (Hitler, el nombre paradigmático), pero también ha ocasionado la liberación de pueblos oprimidos, como en el caso de Mandela en Sudáfrica o el mismo Gandhi en la India. Las estrategias mediáticas de imagen de hoy en día, lejos de mostrar en toda su plenitud al líder político, lo obnubilan a él y a su público objetivo, dejándonos al final del día sin saber muy bien frente a quién realmente estamos. Como no se puede creer en quien no se conoce, el pueblo opta mejor por darse la media vuelta y regresar, impotente y desilusionado, por donde vino. Si no logramos dignificar la política como vocación (con políticos que vivan “para” la política y no que sólo se sirvan “de” ella), la distancia entre la clase política y la sociedad se seguirá haciendo tan grande que la función del Estado, como ya lo hemos estado viendo en sobrados casos, será inútil y absolutamente innecesaria.

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