Uso público y privado de la razón

En su respuesta a la pregunta ¿Qué es la ilustración?, el filósofo alemán Immanuel Kant se detuvo a reflexionar sobre dos ámbitos de la libertad e, incluso, sobre dos reinos de la inteligencia del hombre: el uso público de la razón, por un lado, y el uso privado de la razón, por el otro. Para aquellos que están interesados en formar parte de los debates públicos (la legalización de la mariguana, por ejemplo, el aborto o la pena de muerte), saber distinguir cuándo tenemos el derecho de hacer uso de nuestra razón para un fin público y cuando sólo para uno privado es imprescindible. Según Kant, sólo podemos hacer uso privado de nuestra razón (sólo podemos criticar o juzgar alguna anomalía de nuestro entorno) cuando lo criticado es parte de nosotros mismos. Por ejemplo, los que trabajan en el gobierno, en una universidad o en una empresa comercial, no pueden criticarla públicamente a menos que renuncien a ella, porque sería cumplir con ese presupuesto que vulgarmente conocemos como “morder la mano que te da de comer”. Lo pueden hacer, sí, de forma privada, dirigiendo una carta al gobernador, rector o al gerente de la empresa comercial, donde le expresen sus reticencias o inconformidades, y luego seguir los propios cauces que la normativa de tal institución señalen, a menos que se encuentren frente a una autoridad despótica. En cambio, aquellos que no pertenecen a ese entorno laboral, pero que conocen de cerca su problemática, pueden hacer uso público de su razón para enjuiciarlo, señalando sus yerros e intentando con ello corregirlos. Kant dice que aquellos que, pudiendo, no hacen uso público de su razón, por cobardía o pereza, están en la minoría de edad intelectual. Que es, en cambio, los que valientemente llegan a ejercer su razón públicamente, y sin necesidad de apoyarse en otros, los que se convierten en ilustrados. Esa es, para Kant, la verdadera ilustración. El ejercicio constante de la crítica, por lo demás, en su forma pública o privada,  es la única manera en que una sociedad puede salir de su letargo y avanzar hacia mejores formas de progreso. También se es ilustrado, por tanto, cuando no sólo se critica sino cuando se acepta la propia crítica como una medida natural de nuestro propio crecimiento intelectual y humano.

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