Traducciones

Mi hijo siempre se pone nervioso cuando me hablan en inglés. Se adelanta, siempre, y me traduce, como ahora que un dependiente de Mitre 10 me explicaba el uso de una cadena. Es verdad que a veces me cuesta entenderle a los neozelandeses, sobre todo cuando traen prisa por llegar a la última frase, pero esta vez el dependiente de Mitre 10 me explicaba el uso de la cadena en un inglés muy claro, y en un tono pausado. Era uno de esos hombres ya de edad que es muy común encontrar en sitios como Mitre 10, o los supermercados, o Warehouse. Pero mi hijo se pone nervioso. Yo noto sus ojos de ansiedad, junto a mi lado. Y su corazón que golpea más rápido: pac pac pac. Como un martillo. Mientras el hombre de edad me explicaba el uso de una cadena que quería comprar, mi hijo me traducía, en voz baja, frase por frase, velozmente. Y entonces ya me costaba entenderle al hombre porque la voz de mi hijo me distraía, y me enternecía. Me sentí de pronto como esos ciegos ayudados a cruzar la calle por un transeúnte piadoso, que los deja en el otro extremo pero que quisiera en realidad llevarlos hasta su casa. Me ha pasado un par de veces. Mi hijo es ese transeúnte piadoso que siempre está a mi lado traduciéndome en voz baja lo que me dicen mis interlocutores. En ocasiones, como hoy, ni siquiera le dije que entendí perfectamente lo que me dijo el hombre de edad cuando me explicó el uso de la mencionada cadena. Me di la media vuelta, adelanté un poco la cabeza y susurrándole al oído, le dije: “qué haría sin ti, campeón”. Con los hijos hasta cuando uno pierda, gana.

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