Política y guerra

Para nadie es infrecuente pensar en el ejercicio de la política como en el arte de la guerra, en tanto ambas pretenden conquistar el poder, dominar sobre los otros o defenderse de los invasores. Así, pues, las cualidades marciales de un político serían las mismas que las de un militar. Como un general, el político tiene que estar preparado siempre para la batalla, en la que no tiene más objetivo que ganar. Según el Arte de la guerra de Sun Tzu, la esencia de la guerra es vencer sin tener que pelear. El que logra doblegar a su rival sin haber tenido que alzar una sola arma, ése es el guerrero por excelencia. La paz, pues, deviene el mayor bien de las sociedades, y si para algo se ha inventado la guerra ha sido precisamente, aunque parezca paradójico, para conseguir la paz. Sin embargo, la sabiduría china contenida en el Huainanzi es precisa cuando se trata de señalar los deberes y virtudes de un político para triunfar en sus empresas de conquista del poder o del ejercicio de su Gobierno, cuando ese poder ya lo ha alcanzado. Se trata de poseer tres caminos, cuatro deberes, cinco prácticas y diez tipos de seguridad. Los tres caminos son el conocimiento del cielo por encima, la familiaridad con la tierra por debajo y la percepción de las condiciones humanas en medio, un saber que lo abarca todo, incluido al propio adversario, conocimiento fundamental cuando se trata de una batalla. Los deberes, por otro lado, tienen que ver básicamente con darle seguridad a la nación sin incrementar las armas, dirigir sin intereses egoístas, afrontar las dificultades sin temor a la muerte y resolver las dudas sin tratar de escapar a las responsabilidades. En cuanto a las cinco prácticas, éstas le imponen al político ser flexible sin doblegarse, firme sin ser rígido, humano sin ser vulnerable, confiado sin que puedan timarte y tener una valentía insuperable. El político, por último, debe responder a diez clases de seguridad para no perder su fortaleza: un espíritu tan sólido que no pueda nublarse, planes claros y de largo alcance que no puedan ser hurtados, integridad inalterable, claridad de pensamiento que no pueda ser oscurecida, no tener codicia de bienes materiales, carecer de adicciones, no hablar en vano, no empujar a los demás por el mismo camino, no ser fácil de contentar y, sobre todo, no ser irritable a la mínima ocasión. Aquel político que pueda persistir en estas cualidades podrá reinar la arena sin tener que batirse en una cruenta batalla por el poder, de la que podría salir malherido o muerto.

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