Política y excesos

Nada ha dañado más el oficio político que los excesos de los gobernantes, ese deseo irrefrenable que los lleva a olvidarse de la sociedad que gobiernan para satisfacer hasta sus más nimias debilidades: autos de lujo, casas, negocios, etcétera. El sabio Hobbes, autor del Leviatán, decía que la leyes se habían creado precisamente para frenar este deseo irrefrenable de los gobernantes y, por supuesto, de los gobernados también, porque de otra forma terminarían en la ruina, los unos y los otros.

Uno de los efectos claros de este deseo irrefrenable es la misma corrupción. Entre mayores índices de corrupción en un país menor es la fortaleza del estado de Derecho y mayor el deseo irrefrenable de sus gobernantes, que los lleva a cometer excesos que no hacen sino romper con la paz y la armonía social. Si bien un estado de Derecho sólido puede frenar ese impulso de los seres humanos a cometer excesos, es, sobre todo, la práctica de la virtud (que se adquiere con el estudio y la formación intelectual) la que nos sensibiliza en la mesura, la prudencia y la templanza, evitando con ello que queramos más de lo que realmente necesitamos para vivir. Esto es: a que no cometamos excesos.

Es importante aplicar la ley, sí, contra los gobernantes corruptos, pero más importante aún es permear con un sólido sistema moral a la propia sociedad de donde emergen esos políticos, porque, como se enseña en el “Tao de la política”, “el gobierno de la gente íntegra disimula la brillantez, esconde la ostentación, sustituye la realidad por el conocimiento intelectual, surge de la imparcialidad compartida por todos, se desembaraza de los anhelos seductores, elimina el deseo habitual y reduce los pensamientos angustiosos”. Nada hay peor que un gobierno subordinado al derroche y a la frivolidad, dos vicios que están socavando con la esperanza ciudadana de una vida siempre mejor.

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