Pan de Comala

Antes de salir del supermercado de Roslyn, en una de las canastas que ponen junto a las cajas, encontré un pan parecido a un picón de Comala. Nomás de verlo, se me hizo agua la boca. Era idéntico al picón de Comala, que tanto extraño. Lo metí al carrito y, al llegar a la caja, le pedí a la cajera que me lo pusiera en una bolsa aparte, porque quería darle un pellizco durante el camino a casa. La cajera no estuvo muy contenta con la petición (pues eso implicaba desperdiciar una bolsa), pero al final no tuvo más remedio que “darle gusto al cliente”. Luego de subir al coche y arrancar, juro que empecé a sentir el sabor del azúcar quemada, característica del picón de Comala, en mi paladar, pero, por alguna razón, no quise abrir el paquete y darle un mordisco. Pensé que lo mejor sería esperar a llegar a casa, ponerme un buen café y comerlo escuchando los Tuis cantar arriba del árbol del jardín trasero. Bajé la colina de Roslyn y subí la de Brockville con el sabor del azúcar quemada en el paladar, pensando en el picón de Comala sobre la mesa, el tarro de café a un lado, humeante, y el canto del Tui entrando, raudo pero suave, por la ventana. Mi mujer me esperaba en casa, como de costumbre, con unos huevos rancheros, un chile verde toreado y unos frijoles refritos. El picón de Comala vendría a cerrar con broche de oro esa mañana que, aunque invernal, nos regalaba un sol tierno y un viento cálido. Lo primero que hice al al entrar a casa fue colocar el picón de Comala sobre la mesa y esperar a que volteara mi mujer de lo que estaba haciendo en la estufa para ver su algarabía. Mi mujer, luego de unos segundos, volteó, pero en lugar de aventar las ollas al cielo de gusto, me dijo: “te vas a decepcionar…” Se refería al picón de Comala que había traído y que yo le estaba mostrando con las manos tal como los meseros muestran a sus clientes las botellas de vino recién sacadas de sus exclusivas cavas. “¿Qué dijiste?”, pensé que mi mujer, confundida, se estaba refiriendo a otra cosa. “Que te vas a decepcionar”, repitió mirando fijamente el picón de Comala para volver a lo suyo. Me senté a la mesa y esperé mis raciones (huevo, frijoles, mi chile verde), que comí más bien con desgana. Mi mujer hizo lo propio, pero más bien entusiasmada por alguna razón que no recuerdo. Terminé huevos, frijoles y café y entonces extendí la mano. La alargué para alcanzarme el picón de Comala, pero antes de llegar la desvié hacia la bandeja de tortillas y me hice de una, que, tal como aquellos que no quieren sufrir otra decepción, comí con un poco de sal.

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