Músculo vs inteligencia

En la antigüedad clásica se apreciaba mucho la fuerza física, porque era benéfica para las victorias de guerra, que tantos beneficios traía al expansionismo de las ciudades. Platón, sin embargo, criticó la guerra. Todos los filósofos, incluso, la han criticado. En el Arte de la guerra, para no ir muy lejos, se destaca que no hay mejor guerra que aquella que se gana sin pelear, vencer al enemigo antes de cualquier enfrentamiento es el mejor principio y más importante del arte de la guerra. Platón, por eso mismo, siempre criticó la devoción excesiva de los atenienses demócratas por el entrenamiento militar, porque, decía, que ni el valor es la virtud máxima y única, ni la victoria en las guerras es el objetivo final de la convivencia política. No es a la guerra, sino a una vida feliz y en armonía y paz a lo que debe orientarse la educación cívica. A favor de Esparta están sus triunfos en las guerras, el ascetismo de sus hombres y mujeres, y la estabilidad de sus leyes; en su contra, la rigidez de sus hábitos y la limitación de sus horizontes. Siempre embebidos con tener ciudadanos listos para la guerra y las competiciones atléticas, ciudadanos fuertes y veloces, descuidaron, según Platón, la cultura del espíritu, de la inteligencia y del cuidado del alma. Pusieron su empeño en la fuerza del cuerpo y no en la del espíritu, que trae mejores resultados y procura mejor paz social. El propio Jenófanes, ya desde antes, creía también que era más importante el cultivo del espíritu que del cuerpo. Mejor una inteligencia robusta que un cuerpo musculoso. Lo dejó escrito en este bello poema:

 

Pero si por la rapidez de sus pies la victoria uno logra,

o en el pentatlón –allí en el recinto sagrado de Zeus,

junto al río de Pisa, en Olimpia-, o bien en la lucha,

o en el pugilato que causa tremendos dolores,

o en ese espantoso certamen que llaman pancracio,

muy glorioso se alza a los ojos de sus convecinos,

y puede alcanzar la famosa “proedría” en los Juegos,

y recibir alimentos a cargo del público erario,

y un presente de su ciudad, en concepto de premio.

También con sus caballos puede obtener todo eso,

sin ser tan valioso como yo. Pues mejor que la fuerza

de los caballos y los hombres es nuestra sabiduría.

Todo eso, en efecto, se juzga con mucho desorden;

injusto es preferirle al saber verdadero la fuerza corpórea.

Porque, aunque en el pueblo se halle un buen púgil,

o un campeón del pentatlón o un as de la palestra,

o alguien raudo de piernas, que es lo más apreciado

en las pruebas de fuerza que en certamen compiten,

no va por eso a tener la ciudad un buen gobierno.

 

Jenófanes, como Platón, no cree que para tener un buen gobierno se necesite músculos de acero, ni un cutis de seda o un rostro hermoso, sino una gran cabeza. Por primera vez en la vida, es aquí (o allá en la antigüedad clásica) que la labor del intelectual  empieza a tener más relevancia que la del deportista, hoy que muchos deportistas, por cierto, aprovechando su popularidad, se ha metido a dirigir o querer dirigir los destinos de la polis.

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