Mundo animal, mundo humano

En el mundo de los animales no existen las leyes, todo es ley del más fuerte. El león se come a la gacela, porque es más fuerte que ésta. La hiena al cordero. El zorro a la liebre. Y así. Gana el que es más fuerte y se libra el que es más hábil o astuto, pero no hay ninguna ley que aliente entre ellos la convivencia. En el mundo humano, en cambio, donde se busca la asociación de muchos hombres para alcanzar la paz y el progreso social, pues el hombre no puede vivir solo, existen las las leyes, lo que Rousseau llamó el “contrato social”. De otra forma, la sociedad viviría sumida entre la guerra y la muerte. El mundo animal es gobernado por la ley del más fuerte mientras que el mundo de los humanos por la ley de la justicia. Cuando una sociedad no respeta sus propias leyes entonces es claro que no vive en una sociedad sino en una selva. En nada se diferenciaría una sociedad sin justicia a una comunidad de animales, pese a que en estos últimos la razón y el juicio no existiría. Por eso, Hobbes se preguntaba: ¿De qué le sirve al hombre el entendimiento si no lo usa para crear paz social, máximo de los dones que nos puede traer toda asociación entre seres humanos? De nada. La importancia en las sociedades modernas de este precepto es fundamental para poder entender sus niveles de desarrollo. Las que respetan sus acuerdos sociales, sus leyes, son civilizadas; las que no, salvajes, pobres comunidades donde los ciudadanos son como los animales que encontramos en la selva: hienas, zorros, ratas, cuervos, serpientes. La única forma de cambiar ese rostro salvaje lo encontraremos en la Ley, que simboliza la supremacía de la justicia en un mundo donde parece que todos, sin excepción, estamos dispuestos a pasar por encima de los demás.

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