Lodo y nieve

Hubo que levantarse temprano (antes, incluso, de que el sol se pusiera) para poder llegar a lo alto de la colina, desde donde se podrían atisbar los pingüinos y una camada de leones marinos. Nos advirtieron que lleváramos botas de plástico especiales porque habría lodo y nieve. Así lo hice. Durante el trayecto (la camioneta se movía de una lado hacia otro como queriéndose salir de sus propios ejes) pensé en el destino de las nubes, que veía pasar a una velocidad nunca antes imaginada. ¿A dónde irán?, me preguntaba. Bajamos en un llano, junto a un viñedo que desaparecía en las fauces de un acantilado, y nos pusimos los últimos atavíos: chamarra, gorro, guantes. Es por aquí, dijo el guía. Brincamos la cerca de madera, rodeamos un pequeño bordo y después atravesamos un lodazal. Mis botas de plástico apenas podían avanzar entre las nervaduras del lodo. Era como caminar sobre chicle. Logramos salir del fango y seguimos por un camino de grava que nos condujo a lo alto de la colina, que estaba toda nevada. Tenemos que atravesar al otro extremo, dijo el guía, señalando con el dedo índice un destino que, por un instante, me pareció incierto. Emprendimos el camino, todavía con las botas embadurnadas de lodo, y entramos en el tumulto de nieve, un poco alta pues había nevado toda la noche. Cuando emergí de la nieve, luego de andar por espacio de unos veinte minutos, me di cuenta de una cosa: no sólo mis huellas (cuando giré la cabeza) estaban intactas, también mis botas estaban limpias, como si en realidad las hubiera sacado de una lavandería. Lodo, nieve, botas limpias. Esta es la verdadera labor de la blancura, pensé, y continué caminando.

 

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