La esperanza

La esperanza es ese ganchito que pende de alguna de las paredes de la casa. Ahí está y ahí ha estado, incólume, desde que pusieron la primera puerta y la primera ventana, desde que levantaron el techo y colocaron, en medio del amplio salón, la chimenea de piedra. Ha estado ahí, incluso, desde que limpiaron el lote baldío para poner de un extremo a otro los cimientos, y quizá mucho antes de que ese lote baldío existiera, en medio de la nada. La osadía no es, en realidad, encontrarlo. Basta una mirada atenta y un ir y venir por los pasillos, de la sala al comedor o de la terraza al traspatio, de noche con la linterna de mano o de día con los rayos de sol que se cuelan por el tragaluz, para conseguirlo. No. Lo verdaderamente heroico es asirse a él (a ese ganchito que pende de alguna de las paredes de la casa) y, pese a crueles tormentas y otras calamidades, no soltarse jamás.

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