Interés

A toda la gente la mueve un interés. A unos los mueve el interés del dinero, a otros el del poder, a otros más el de la fama, etcétera. Para todos ellos la felicidad, fin último de todo ser humano, se alcanza al ver realizado ese interés. Esto es: el que llega a ser rico llega a ser feliz, el que llega a ser poderoso llega a ser feliz, y así sucesivamente. Pero el hombre, animal insaciable, pronto se da cuenta que no hay riqueza ni poder ni fama que alcance y, por consiguiente, el interés lo mueve a querer tener más (más riqueza, más poder, más fama), sin darse cuenta del callejón sin salida en el que ha entrado. No poder saciar ese interés le trae a ese hombre o mujer la infelicidad, un sufrimiento contante y sonante que no lo dejará disfrutar nada de las cosas hermosas de la vida: un árbol, el canto de un pájaro, los primeros pasos de un hijo, el aire fresco, el abrazo de un ser querido. Para todas estas cosas, curiosamente, uno no necesita moverse como uno se mueve por el interés. Basta sentarse en una silla y quedarse quieto un instante. Ahí, en esa quietud, está la felicidad.

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