Hegel y la libertad de disentir

Para Hegel, la esencia del espíritu es la libertad. Todo cuanto existe en el espíritu es precisamente un afán desaforado por tener libertad y ser libres. Todo lo que vaya en contra de la libertad va en contra de la esencia del espíritu, esto es del hombre mismo: “la libertad es la esencia del espíritu y es su realidad misma”, escribe Hegel. Los que escribimos poesía, por ejemplo, o los que hacen arte, saben que sin este principio es imposible crear cualquier cosa. El primer principio del arte, que refleja finalmente la esencia de uno mismo, es la libertad. Pese a que Heine, traductor de las obras de Hegel lo supo, nunca estuvo del todo convencido con haberlo entendido cabalmente, pues Hegel es un filósofo difícil y él mismo lo sabía, tal vez por eso dijo (en referencia a Heine): “sólo uno me ha entendido (…) y ni siquiera ése me ha entendido”. Una de las libertades más auténticas que tenemos es la libertad, por ejemplo, de decir lo que se piensa. Decir lo que se piensa, con toda libertad, siempre encontrará a su partidario y a su disidente. Los partidarios generalmente hacen uso de su libertad para unirla armónicamente a la nuestra. Los disidentes, por el contrario, ejercen su libertad para contrariar nuestra verdad. Todo esto está bien y nada hay de malo en que así sea. Lo verdaderamente malo es cuando este disidente no sólo no quiere que digas lo que piensas (esto es que ejerzas tu libertad de decir lo que quieres), sino que, peor aún, quiere que pienses como él y digas lo que él quiere escuchar. Ésta es la jugosa pastura que alimenta a los estados totalitarios.

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