Fichte: el Estado y la libertad de expresión

No son pocos los filósofos que han dedicado o bien monografías, o bien tratados, o bien prolijos estudios a la libertad de expresión y a la libertad de pensar. Fichte, filósofo alemán, es uno de ellos, como lo fue Stuart Mill en Sobre la libertad, ensayo dedicado a la importancia de la libertad de expresión, necesaria para la buena salud e integridad del ser humano y de la sociedad. Fichte, sin embargo, en poquísimas páginas, no más de cincuenta en la traducción española, desmenuzó este derecho imprescriptible e inalienable de la libertad de expresión y lo entregó a una sociedad que venía de un historial de represiones de los jerarcas de entonces, de ahí que el título fuera preciso en su señalamiento: “Reivindicación de la libertad de pensamiento a los príncipes de Europa que hasta ahora la oprimieron”.  Fichte quiso decirnos una cosa: que el ser humano es en esencia libre y la libertad de pensar es la libertad por antonomasia que lo define.  Por eso, sabedor de la importancia de esta libertad, Fichte escribió en su Prólogo que era importante “recomendar calurosamente algunas ideas que impacten al público menos instruido, que, sin embargo, tiene una notable influencia sobre la opinión pública por la elevada posición que ocupa y su potente voz”. Fichte sabía que la “opinión pública”, que había surgido con el enciclopedismo, tenía una potente influencia social, y era a ella a quien había que dirigir todas las ideas transformadoras a fin de derribar cualquier obstáculo creado por el despotismo.  Para Fichte la expresión “atrévete a pensar” es, por excelencia, una manifestación contra todas tiranía del pensamiento.  Si no hay libertad individual, no hay un pacto social efectivo pues donde se impone el derecho de uno solo (el dictador, el tirano, el monarca) no existe igualdad entre las partes. “… ordenada al huracán que se calme”, dice Fichte. Y después: “ordenad lo mismo a la tempestad de nuestras opiniones subversivas”. Si una cosa no es posible, tampoco lo es la otra. Intentar limitar la libertad es precisamente tratar de detener la tempestad. Un pensamiento libre es, por tanto, la razón de ser de todo ser humano, y aquel que intente impedir esta libertad es su mayor adversario. El fundamento de esta libertad, el real, según Fichte, es la búsqueda de la verdad, que se compenetra con la libertad. Libertad y verdad son una sola y misma cosa. Por eso, si un gobernante ejerce su libertad para quitársela a la de otros, él mismo está dejando de ser libre porque con ello está transgrediendo el principio básico de equidad. Fichte basa su teoría en el mismo derecho natural, que es la esencia inalterable de lo humano, en donde radica esta libertad de pensar, de ahí que ultrajar este derecho esencial por parte del Estado sea uno de los peores crímenes que éste puede cometer contra la sociedad que le da sentido y razón de ser.

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