Facebook y la política

Voy a confesar un secreto, porque sé que si lo hago a través de esta vía, no se enterará nadie. En una entrevista que me hacen para un medio mexicano, me preguntan cómo es que me entero, por ejemplo, tan fielmente de lo que sucede en la política colimense, en qué medios me informo para tal faena.

El entrevistador pensó que era una broma cuando le dije que mi mejor medio era el Facebook, esa red social que se ha inventado justamente para darnos cuenta en qué pierden el tiempo los seres humanos, cómo no son realmente (si se sabe leer entre líneas) y, sobre todo, cuánta soledad hay en el mundo. ¿De verdad?, me preguntó el entrevistador. Sí, le dije, el Facebook me informa mejor incluso que los periódicos, la radio o la televisión (cuya transmisión veo sesgada).

A través del Facebook, que usan inconscientemente la mayoría de los políticos colimenses (y mexicanos en general), uno puede saber de las alianzas y de las desalianzas partidistas, de los complots entre militantes y de los conciliábulos entre distintas fuerzas ideológicas, de las guerras internas y de las externas. De todo. Un simple “like” que ponga un político en la foto de otro político dice más que todo un discurso sobre la imparcialidad de las, por poner un dato concreto, próximas elecciones, nombramientos de gabinete o acuerdos de Cabildo.

Que no aparezca tal o cual miembro del mismo partido en el perfil del otro, lo mismo: dice más que toda una apología sobre la unidad del partido y sus proyectos comunes. Que en una fiesta privada aparezcan abrazados por el hombro funcionarios que en los periódicos salen diciéndose bravatas, lo mismo también: dice más de la hipocresía de la arena política y de la falsedad de su militancia.

En suma, le decía al entrevistador, uno a través de Facebook se entera qué perredistas son en realidad priistas, qué priistas son mitad panistas y mitad perredistas, qué panistas son petistas o morenistas, y qué morenistas no ven más que por sus propios intereses. Y etcétera, etcétera.

El entrevistador, pese a que intenté ser sumamente convincente, no me creyó. Y yo tampoco quise insistir en lo contrario: al fin que hay verdades que es preferible llevarse uno a la tumba.

 

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