Espejo de príncipes

En la Edad Media el poder terrenal y el poder divino estaban fundidos. No había diferencia sustancial entre uno y otro. Era prácticamente lo mismo el código político que el código moral, este último alimentado por el cristianismo. El rey, para ser un buen gobernante, tenía que hacer honor a ese código moral, antes que al político, sin el cual éste se caía a pedazos. Muchos escritores de ese tiempo, algunos de ellos obispos prominentes, se encargaron de crear decálogos del buen gobernante. A este conjunto de máximas se le conoció con el nombre de “espejo de príncipes”. Era, básicamente, el espejo donde debía mirarse todo aquel que quisiera llevar por el buen camino el reino de Dios en la tierra. De entre estos “espejos de príncipes” destaca el de Catulfo, quien toma estos consejos de la tradición proverbial Irlandesa. Sobre las virtudes del buen gobernante, escribe Catulfo: “La primera es la veracidad en las decisiones regias; la segunda, tener paciencia en todos los asuntos; la tercera, la largueza en los dones; la cuarta, la persuasión en las palabras; la quinta, la corrección y represión de los malvados; la sexta, el encumbramiento y exaltación de los buenos; la séptima, la moderación de los tributos exigidos al pueblo, y la octava, la equidad en el juicio entre el pobre y el rico”. Estas son las virtudes que todo gobernante, como he dicho, debe poseer, y son tomadas por Catulfo de principios morales puramente eclesiásticos. Insisto en ello porque de un tiempo a la fecha se ha querido separar moral y política por creer que ambas pertenecen a ámbitos distintos del ser humano y no a una sola y misma de sus mundanas actividades aquí en la tierra. Nadie lo sabría, pero tal vez volver a fundir ética y política, aunque la ética no sea eclesiástica ni la política medieval, sea la solución a todos los males que padecemos ahora, donde el ejercicio político, la administración de la polis, la obtención y retención del poder sólo responden a un solo código: el de los ladrones.

 

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