El progreso moral

Hay un momento en la vida de las sociedades en que el término progreso moral, que tanto ha inquietado a los filósofos (Platón, Aristóteles, Kant, Marx, Nozick, Rawls), se hace ineludible, sobre todo cuando en tal sociedad ha habido una visible degeneración del tejido comunitario. El progreso tecnológico es perfectamente identificable (se hace evidente en las formas de producción de tales sociedades), pero la identificación del progreso moral es más escurridiza puesto que entronca con aspectos culturales, religiosos, políticos e incluso de costumbres, que varían (a veces radicalmente) de un país a otro.

La programación, por ejemplo, de la televisión mexicana podría ser impermisible en la televisión neozelandesa, a la que sin duda sus contenidos le parecerían demasiado violentos. Desde la óptica neozelandesa, la programación de la televisión mexicana sería un retroceso moral, por los altos niveles de violencia que transmite, de suyo inapropiados para, sobre todo, la audiencia infantil. Para la audiencia mexicana, sin embargo, esto no parece constituir ningún problema ético, pues la violencia está normalizada para los ojos del espectador, que en muchos casos ya ni la detecta.

Sin embargo, a esta percepción relativista (de la que muchos filósofos son partidarios) se le contrapone una absolutista, en la cual se alude la idea de que hay aspectos universales de la moralidad que deben tener aplicación para todo tipo de sociedades. Salvando los matices identitarios de cada sociedad, el progreso moral  no sólo se puede medir comparando dos países diferentes (México y Estados Unidos, o Estados Unidos y Pakistán), sino dos periodos de un mismo y solo país (los últimos cien años de México, por ejemplo) para así establecer si hemos tenido un progreso o un retroceso moral, lo que será fundamental para darnos cuenta no sólo dónde estamos ubicados éticamente con respecto a nosotros mismos sino qué debemos hacer para progresar tanto social como individualmente, pues la cuestión moral abarca ambas dimensiones.

Como el progreso moral implica relación con los otros, en la medida en que esta relación sea armónica, respetuosa, tolerante y sensible (al dolor ajeno) podemos considerar que hemos conseguido un progreso moral. Si no lo es así, entonces su perversión constituiría un retroceso. El progreso moral es clave hoy, pues, en aquellas sociedades en donde impera la violencia, la discriminación, la violación a los derechos humanos fundamentales, la corrupción política y la falta de sensibilidad ciudadana. En suma: sin progreso moral, todo el resto de los progresos son imposibles.

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