El poeta y la revolución

El verdadero arte es revolucionario. Por eso, aquel poeta que vive en un sistema opresivo, si no es capaz de huir de él (aunque sea interiormente) o de enfrentarlo no podrá jamás escribir una obra duradera. Hay poetas que se ausentan en sí mismos para poder sobrevivir al implacable yugo, suben a una retirada colina o se esconden bajo una pila de paja para no ser alcanzados por la implacable mano dictadora. Otros, en cambio, se echan a luchar, movidos por no se sabe qué divina enjundia. Estos últimos siempre me han parecido más heroicos. En Latinomérica tenemos muchos casos ejemplares: Roque Dalton en El Salvador, Juan Gelman en Argentina, Mario Benedetti en Uruguay, Pedro Mir en República Dominicana, Nicolás Guillén en Cuba, Pablo Neruda en Chile, Ernesto Cardenal en Nicaragua, e incluso el gran César Vallejo en Perú. No es algo nuevo, dicho sea de paso. Hace poco leí el caso del poeta alemán Gottfried Kinkel, autor hoy prácticamente olvidado. Fue un poeta revolucionario que conoció el exilio, la cárcel y la segregación, todo por luchar contra el caudillaje del sistema alemán de mediados del siglo XIX. Pocos o nadie saben que fue, ni más ni menos, el creador del término “socialdemocracia”, que acuñó durante sus publicaciones en una revista política que él mismo dirigió, luego de la Revolución de 1848. Otros revolucionarios lo adoptarían después y lo harían popular entre los intelectuales de la época, olvidándose así del crédito a Kinkel, su verdadero creador. No es extraño, ni debería incordiar a nadie, que los poetas tomen parte en los frentes de los conflictos sociales, siendo ellos protagonistas de esas avanzadas. Muy atrás ha quedado la idea del poeta apartado del debate político y social, y de la lucha por tener una sociedad menos ingrata. Las revoluciones estéticas lo son mejor cuando vienen empujadas por la espalda por un batallón de gente.

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