El cornudo redimido

                                                      Para la prima Yesi Flores, que casi lo vio

Cuentan que la alcaldesa del pueblo de aquí adelante engañaba a su esposo. Que lo engañaba bien engañado con uno de sus asistentes y que su esposo se enteró del agravio y se puso como una fiera. Esa misma tarde, cuentan, el esposo cornudo se fue a su casa, subió al segundo piso, donde tenían sus aposentos, y se sentó en el borde de la cama, para esperar a que llegara la adúltera. Como a eso de las ocho de la noche fue que llegó la alcaldesa, cuentan. Que se quitó las zapatillas de tacón de diez centímetros en las escaleras, metió sus delgados pies de uñas emperifolladas en unas sandalias de espuma y subió a su habitación. Cuando llegó, cuentan, su marido echaba pestes y centellas, manoteaba, golpeaba buró y sacudía silla, gritaba, y que, en una de esas, cuando ya todo se había salido de control, el cornudo la amenazó: “pues ahora para que se te quite me voy a arrojar por la ventana”. Fue entonces que a la alcaldesa se le trabaron las quijadas, dio dos pasos adelante y, con un dedo índice amenazador, el mismo que utilizaba para dar órdenes en su despacho, replicó: “mira, cabrón, yo te puse los cuernos, no alas, así que cierra la ventana y enciéndeme el televisor porque ya va a empezar mi telenovela”.  El marido cerró la ventana, encendió el televisor y se acostó al lado de su mujer, consciente, cuentan, de la sinrazón de sus motivaciones.

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